16 agosto 2017

Caza de brujas (relato)

Durante las cazas de brujas de la Baja Edad Media, en las últimas contracciones del violento parto de la modernidad, nadie podía decir con certeza si el tiempo avanzaba o retrocedía. El espacio era igualmente engañoso. Normalmente nadie salía de su aldea más que una o dos veces en toda su vida, y casi nunca iba más allá de la aldea vecina. En esa esquina de Europa partida a cuchillo en tres pedazos por la cordillera de los Alpes, entre lo que hoy llamaríamos Francia, Italia y Alemania, las fronteras eran confusas y elásticas como tuétanos de res recién sacrificada. Valía más no tomarle demasiado afecto a un soberano, porque muy bien podía ocurrir que otro soberano viniera a pedirle cuentas a uno por sus lealtades pasadas. La sombra del Sacro Imperio era negra pero lejana como la de un nubarrón preñado de electricidad que no se decide a descargar. Reinos, ducados, cantones, condados y ciudades libres se disputaban esas tierras gélidas con la espada y la sangre de sus súbditos. Saboya, Borgoña, Provenza, Lombardía, Franconia, arañaban con sus garras esos pantanos infértiles donde nunca podía jurarse cuándo se acercaba la noche y cuándo se marchaba el día; la luz y la oscuridad se abrazaban sin sueño y sin pasión bajo una sábana gris y deshilachada de niebla perpetua. Ese país no valía nada por sí solo, no era más que un lugar de paso en el camino a Santiago, Roma, Constantinopla o Jerusalén. Dios Nuestro Señor había señalado esa tierra como un estrecho pasillo en el trayecto que va de la cocina al salón de su Creación, y todos querían controlar ese pasillo. Pero, una vez controlado, todos pasaban de largo. Nadie construye su morada en un desfiladero, así que los conquistadores dejaban algunas antorchas tras de sí para iluminar al peregrino y purificar al lugareño, y luego seguían adelante con su conquista.
Durante las cacerías de siervas del Maligno de la premodernidad, esas antorchas solían prender en aldeas y burgos hogueras de hierba seca alimentadas con la leña recogida del suelo y la carne viva de mujeres arrancadas de sus chozas, viejas y jóvenes que aullaban de dolor en medio del humo y la bruma frente a una muchedumbre que aullaba aún más que ellas, pero de placer. Las casas de Hohenstaufen, Luxemburgo, Valois, Tudor, Habsburgo, York, sancionaban con leyes seculares la voluntad del romano pontífice, que ordenaba capturar y quemar a hechiceras y brujas. De modo que esas mujeres, culpables antes de saber de qué, no tenían motivo alguno para tomarle afecto a ningún señor. Su patíbulo era toda la Cristiandad.
En uno de esos villorrios, borrado del suelo y de la memoria hace mucho, primero por la peste y después por la pólvora de las guerras de religión, había en aquel tiempo una ermita sobre una colina, apartada del poblado por un riachuelo. El ermitaño era un hombre vestido de saco, con el pelo largo y descuidado y una barba que le llegaba hasta el pecho. Tenía una cabra de cara negra que le proporcionaba leche caliente. La mantenía casi todo el tiempo atada a un poste en un rincón de la ermita o encerrada en un cobertizo cercano. El hombre no lucía tonsura, es decir, no había recibido el sacramento del orden. Sólo era un laico temeroso de Dios oriundo del país que había hecho todos los votos necesarios para que el obispo de la diócesis le permitiera hacerse cargo de esa ermita (y de su cabra) y atender a las necesidades espirituales básicas de un sitio en el que ningún clérigo quería pastorear. El villorrio se encontraba en un valle de difícil acceso, rodeado de montañas afiladas. Las copas cerradas de las hayas y los robles velaban a la vista todo lo que la niebla dejaba entrever los escasos días benignos. Nadie conocía el nombre de aquel ermitaño, todos le llamaban el ermitaño, el padre o, la mayoría, el hombre. Sólo le veían los domingos, cuando trepaban por aquella ladera a escuchar su prédica. Comulgaban con una miga de pan negro y un sorbo de vino tinto ácido y espeso.
—Dominus vobiscum.
—Et cum spiritu tuo.
—Benedicat vos omnipotens Deus: Pater, et Filius, et Spiritus Sanctus.
—Amen.
—Ite, missa est.
—Deo gratias.

El hombre extendía dos dedos macilentos frente a los feligreses apiñados en el suelo —las mujeres con los niños en sus costados, los hombres con sus bastones— y trazaba una cruz invisible de aire frío. El recinto olía a tea, a humores y a cabra. El animal parecía haberse acostumbrado a guardar un silencio relativo, entre hipnótico y sigiloso, cuando se escuchaba la lengua latina en aquel templo-establo. Los feligreses solían mirarla al pasar con los ojos muy abiertos. Tras la bendición postrera del hombre se ponían en pie, salían por la puerta sin prisa y hacían el camino de descenso hasta su lugar por la senda de rastrojos y tierra que habían abierto durante años con sus pies descalzos. Descansaban el resto del día, comían despojos de pequeñas presas y bebían cerveza. Algunos echaban a sus ollas raíces con ramas frescas para la sopa dominical y luego las rescataban del fondo del recipiente y las secaban para usarlas como leña.
La certeza de que sus almas eran inmortales era lo único parecido a un consuelo que conocían aquellas personas. Así que sus veinticinco o treinta años de vida terrenal los pasaban más pendientes de la liturgia y la penitencia que de sus tripas. Pero, con toda su espiritualidad a cuestas, a veces las tripas dictaban fervorosas plegarias a los labios trémulos.
Aquel año del Señor las plegarias fallaron. Las cosechas de alfalfa, trigo y vid se arruinaron una tras otra. Las heladas se tragaron con hambre voraz, inapelable, los frutos de aquel barro empapado y se los arrebataron a las bocas rezadoras de los paisanos. Los impuestos, en cambio, jamás parecían congelarse, maldecían por la noche frente a sus vasos de sidra. En aquella época la mayoría de los niños morían al nacer, y durante esa temporada los progenitores de neonatos muertos le daban gracias a Dios, en la secreta vergüenza de sus chozas, por haber arrojado sobre ellos la enorme ventura de no tener que llenar otro estómago.
Uno de aquellos días apareció el cuerpo devorado del bebé de Hans y Gudrun. Era el primer y único hijo de esos jóvenes campesinos de diecinueve y diecisiete años. El esqueleto del niño se halló a la intemperie, a unos pocos metros de su cabaña. Gudrun salió esa mañana a la puerta. Como siempre, oprimió la toquilla contra su pecho y, confusa, pareció buscar algo con la mirada. Bajó los ojos hasta el suelo y lo vio. Los huesos estaban limpios, blancos, como si nunca hubieran sostenido un cuerpo. Se puso de rodillas y tocó aquellos restos con la punta de los dedos, levemente. Parecía que temiera despertarlos. Luego se volcó hacia un lado como un peso muerto. Se quedó así unos instantes, boca arriba, y enseguida empezó a agitarse y a echarse polvo húmedo y terrones a la cara con ambas manos. Hans, que salía en ese momento con uno de sus perros a cazar liebres, la halló de esta suerte. Trató de apaciguarla y, al ver que no podía con ella, la tiró de un brazo. La ayudó, o más bien la forzó a ponerse en pie, pero ella se tambaleó, posó la frente contra la pared exterior de su casa y echó por la boca un vómito rojizo mientras se arrancaba puñados de cabellos de las sienes.
—¡No estaba bautizado! —gritaba—. ¡El niño no estaba bautizado! ¡¿Dónde irá, Dios Todopoderoso, dónde irá a parar el día de la resurrección de la carne?!
Los ojos amarillos de Hans parecieron inflamarse.
—Calla, mujer. Cállate de una vez, te digo.
Algunas vecinas acudieron. Una recogió los huesos, los echó a un trapo, lo anudó y lo metió en la choza de Hans y Gudrun. El interior del aposento estaba cargado del olor familiar de la sangre, las pieles desolladas y el humo con reminiscencias de carne y de grasa.
—Bendito sea Dios y su Santísima Madre por los siglos de los siglos —dijo otra vecina haciendo la señal de la cruz, una tras otra, sobre los huesos envueltos en el trapo infame, como si quisiera tejer de ese modo un santo sudario instantáneo, como un capullo de seda, con el que protegerlos. Gudrun se agarraba el vientre sobre el lecho de paja, le ardían las entrañas. Gritaba, pero no decía nada comprensible.
Como todos los martes, Carla llegó a la aldea con su hato de huevos y hierbas silvestres para cambiarlos por telas y vino entre los lugareños. Entró en la cabaña de Gudrun atraída por los gritos. Cuando le contaron lo que pasaba se precipitó al caldero de la estancia, prendió el fuego y puso a hervir varias medidas de agua con algunas de las hierbas que traía. Vertió el resultado de esa cocción en un recipiente. Tomó la cara de Gudrun entre sus manos, le susurró unas palabras y aproximó a sus labios azules la bebida. Así logró tranquilizarla sorbo a sorbo. La muchacha primero dejó de gritar y luego se quedó aletargada, abatida, aunque mantenía los ojos entornados mirando hacia el suelo.
—¿Debo tomar yo también ese brebaje? —le dijo Hans.
—No —contestó Carla.
—Pero el muerto es mi hijo.
—Sí, pero esta decocción sirve para calmar a los vivos, no para animar a los muertos. No parece que a tus nervios les haya afectado tanto la noticia.
Hans recibió aquellas palabras como una bofetada. Esa vieja insolente, maligna, ponzoñosa, que entraba en su casa para insultarlo, que revolvía los rincones como si tuviera la autoridad de un varón. Esa arpía que sólo había sido capaz de traer hembras al mundo, y cinco nada menos; ese engendro perverso que había minado lentamente la salud de su esposo, todos lo sabían, hasta que éste murió hace años sólo Dios sabe cómo.
Esa criatura del Averno, pensó Hans.
Dieron sepultura al niño, que nunca tuvo otro nombre más que el de el niño, junto a la ermita, a los dos días, temprano. De vuelta, Hans habló con varios vecinos en la taberna. La cerveza fue bajando por las gargantas de los aldeanos hasta sus estómagos. No cabía duda. ¿Cómo no lo habían visto hasta entonces? La vieja Carla era una bruja. Sus cinco hijas eran brujas. Ellas habían devorado al niño —la vieja conservaba casi la mitad de su dentadura pese a que tenía más de cuarenta años, una prueba más de su culpa— en alguno de sus ritos satánicos, sin duda para arrojar algún maleficio sobre sus cosechas.
Decidieron acudir al hombre. Cruzaron el riachuelo y llegaron a la ermita. Lo hallaron algo alejado del templo. Ordeñaba a la cabra sentado en el suelo con las piernas dobladas, junto al pozo y el cobertizo de los aperos. Hans le exigió a voces justicia y amparo.
—Pero no debemos dejar que nos cieguen las pasiones, hermano, juzguemos con serenidad y…
—Seis mujeres que viven apartadas —dijo Hans—. Que no han sufrido el hambre, como nosotros. Que no han perdido a ningún hijo, como yo. ¿A qué se dedican? Es un misterio. Ungüentos, elixires y animales para sus pócimas. ¿Por qué se apartan? Para ocultarse de las miradas del pueblo de Dios. Porque adoran al demonio, porque se entregan carnalmente al Maligno en forma de macho cabrío durante sus aquelarres. ¿Por qué si no? Es algo bien conocido. ¿Seis mujeres sin un varón a su lado, en medio del bosque? ¿Quién, sino Satanás, puede protegerlas?
El hombre estuvo de acuerdo en que, como decía el Malleus Maleficarum, la superstición es algo propio de las mujeres casi en exclusiva, ya que son crédulas, intrínsecamente embusteras y su inclinación natural las conduce a abrazar y propagar la malignidad. Era cierto que todo las señalaba, pero no había pruebas positivas de que Carla y sus hijas hubieran devorado al niño.
—En todo caso —siguió el hombre—, habría que avisar al Santo Oficio y aguardar a sus pesquisas y su veredicto.
Los campesinos murmuraron con voces roncas que en unos instantes alcanzaron un volumen alto. Hans posó su mano sobre el hombro del ermitaño. Una mano pesada, crispada, oscura.
—¿El Santo Oficio? —dijo—. ¿Cuántos meses tardará en llegar? Y, mientras tanto, ¿cuántos niños inocentes se verán condenados al infierno? ¿Vamos a condenar a nuestros hijos? ¿Vamos a convivir tanto tiempo con esas brujas? Vos tenéis la autoridad, vos debéis sancionar con vuestra sentencia la santidad de la bula papal contra la hechicería, así como su ejecución. Es delito de brujería evidente. He ahí la evidencia. —Hans señaló la tumba reciente del niño, a corta distancia. Todos se persignaron.
—Pero, carísimos hermanos, las pruebas…
—La bruja apareció junto a mi cabaña precisamente esa mañana. Quería comprobar el efecto de su crimen y recrearse en él. Por el amor de Dios, ¿qué más pruebas necesitáis?
—No os dejéis llevar por un fervor mal entendido —dijo el hombre—. No os dejéis arrastrar por el fanatismo…
—De acuerdo, hermano —dijo Hans, sereno de repente—, usa la lógica y la razón tan del gusto de escolásticos, aristotélicos y demás caterva del siglo: Si una mujer es propensa al mal, como así lo sostiene la doctrina de la Santa Iglesia, nuestra Madre, seis mujeres han ser por fuerza seis veces peores. Es irrefutable. Son seis veces más perversas. Seis —repitió triunfante extendiendo los dedos de una mano.
—Eso no se puede discutir —reconoció el hombre.
—Amen.
La cabra se escurrió de las manos del ermitaño y entró trotando por la gran puerta abierta del cobertizo de adobe y piedra. Empezaba a llover.
Esa misma noche se alzaron hogueras en la plaza pública. Al día siguiente los alrededores estaban impregnados de olor a carne quemada. Los cuerpos no se enterraron pero, de alguna manera, desaparecieron. Los gallos cantaron antes de tiempo. La luz extemporánea debió de confundirles. Las bestias se revolvieron bajo sus techos, ladraron, maullaron, balaron, mugieron, cada una según su naturaleza. Las pezuñas escarbaron, las coces de los cascos reverberaron. Los pájaros nocturnos se internaron en el bosque rompiendo ramas con sus poderosas alas.
Hans y Gudrun siguieron viviendo después de aquello, como siempre. Todos siguieron viviendo después de aquello. Su mesa siguió siendo pobre. La carne era escasa, pero el espíritu se fortalecía con raíces y hambre.
Los domingos escuchaban misa. Luego bebían cerveza. Luego dormían. Los días de labor realizaban sus labores. Cazaban. Cantaban. Contaban historias en la taberna. Las mujeres hilaban y yacían junto a sus maridos. Los maridos afilaban sus navajas para sangrar a las bestias inflamadas. Las bestias pastaban o comían insectos. Los hogares caldeaban y secaban todas aquellas vidas sencillas, sin complicaciones.
Entonces apareció otro niño muerto. Devorado. Fue una mañana de niebla. El hijo de una familia numerosa, el menor. Junto a la choza. Huesos embarrados, algunos quebrados por el granizo nocturno. Éste sí estaba bautizado, pero precisamente por eso ya tenía edad para pecar siguiendo su libre albedrío. Quién sabe de qué pecados tendría que responder ante el Altísimo, quién sabe si eran mortales. Sólo Dios lo sabe.
La talladora Liduvina y sus tres hijas golpearon la puerta de la ermita al atardecer de ese mismo día.
—¡Han huido, y además de noche! —gritó Hans al padre del niño muerto frente a la cabaña vacía, revuelta, de Liduvina, la iluminada, fuera del poblado. El riachuelo cercano borboteaba—. ¡Es una prueba de culpabilidad!
—Además, no vinieron a la quema de las brujas.
—Es verdad.
Los aldeanos se habían quedado con hambre, aún no la habían matado del todo. El apetito espiritual a la espera de buenas cosechas es insaciable.
El ermitaño respondió a los golpes desesperados, agónicos, en la puerta de la ermita.
—Hermana, pax vobiscum. Pero ¿qué…?
Liduvina apartó al hombre contra la pared de un manotazo, entró atropellada al recinto e hizo pasar a sus tres hijas empujándolas por los hombros una tras otra, nombrándolas, como si estuviera recontando cabezas de ganado para cerciorarse de que ninguna se había extraviado. Luego dio un portazo a la hoja de la puerta de entrada y atrancó el cerrojo.
Pax vobiscum, casi-fraile. Tienes que protegernos. Por los viejos tiempos de gloria.
Las muchachas se repartieron por el templo mecánicamente, siguiendo una coreografía al parecer ensayada. La mayor, morena con el pelo largo, prendió el fuego y desplegó un hatillo del que sacó ingredientes que mezcló en el caldero con un cucharón. La mediana se arrodilló ante el hombre y se aplicó a darle friegas en los pies. Se veía que estaba acostumbrada. La menor era muy pequeña, como de siete años o poco más, y tenía más cara de susto que sus hermanas. Cuando vio a la cabra atada junto a la puerta se abrazó a ella. El pelo del animal le daba calor, y el vaivén de su respiración y de su pulso le calmaba el miedo.
—Habéis hecho mal en huir —le dijo el hombre a Liduvina—. Y además de noche. Lo tomarán como prueba de que sois culpables.
—Cállate de una vez, predicador. Si fuéramos culpables, es decir, si fuéramos brujas, los habríamos fulminado a base de conjuros. Si fuéramos brujas habríamos huido volando, o habríamos provocado una lluvia de sangre y rayos y centellas. Los habríamos paralizado, los habríamos matado o convertido en lagartijas, los habríamos…
—Te veo muy al corriente de los poderes diabólicos.
—No más que tú o que ellos. Cuando están en apuros, las brujas desaparecen, vuelan, se filtran por las paredes, lanzan maldiciones, pero no caminan dos leguas con el barro hasta los muslos huyendo de unos muertos de hambre, y menos para entrar en una iglesia. ¿No te parece, querido?
La muchedumbre ascendió hasta la ermita como un río de fuego que remontara en busca de su origen. Las teas iluminaban el camino trillado, pero los hombres conocían ese camino sin necesidad de prestarle atención, por la fuerza de la costumbre.
—Liduvina la piadosa —dijo uno—. La artesana, la que talla cruces, la devota de la imagen de Santa María. La que no falta ni a una misa. ¿Quién podía pensarlo?
—Cuatro mujeres solas —dijo Hans mientras adelantaba a un paisano en dos zancadas, mostrando una fuerza sobrehumana en el ritmo de sus pasos a través del fango—. Se apartan de la grey de la Santa Iglesia, junto al arroyo. ¿Qué más pruebas necesitáis?
—Tiene la imagen de la Nuestra Señora para realizar sabe Dios qué ritos sacrílegos con ella —dijo el tabernero santiguándose.
—No es la Virgen —dijo Hans—. ¿No os habéis dado cuenta? Es una de esas lascivas diosas paganas que engendran íncubos y súcubos, sapos y lombrices por todos los orificios.
—Y si va al templo es para disimular, Dios sabe que el disimulo es una de las características de las siervas de Satán.
—¿Y esos aires de sus hijas, siempre como en trance, como si se creyeran superiores, poseedoras de algún secreto? El secreto del Maligno, claro está. Muestran demasiada soberbia para ser unas niñas.
—Y además se lavan y se perfuman —terció oro campesino de cara tiznada—. Por algo será. Eso es que se saben sucias de pecado.
—Tienen el don de la adivinación, sin duda, como todos los hechiceros. ¿Cómo, si no, han adivinado que íbamos a buscarlas y han podido así escapar de nosotros?
—El hombre nos dará la razón —aventuró Hans, jadeante, sin bajar el ritmo de sus pasos—. Esta vez sin remilgos. Las condenará. Las buscaremos y las encontraremos, estén donde estén.
Dos leguas, de noche y por una senda empantanada, es un largo camino para una multitud por grande que sea su ansia. Liduvina reposaba en una paz relativa junto al hombre. Sus hijas parecían dormitar en la penumbra. Se creía a salvo, al menos por esa noche. Además, nadie podía violar un templo cristiano sin condenar su alma.
—Sigues con esa manía —dijo el hombre—. De revolver el tazón de derecha a izquierda.
Liduvina dejó la cuchara y acarició la barba apostólica del ermitaño.
—Sí. Una manía.
—¿Y ésa, la pequeña?
—Es hija de mi hermana. Murió hace unos días.
—Dile que no moleste a la cabra. Luego saldrá la leche agria.
—Déjala. Así se le pasa el tiempo. Es muy dulce. Le gustan los animales, como a San Francisco. En casa juega con los gatos.
Cuando la corriente de fuego llegó hasta el manantial, encontró la puerta cerrada. Llamad y se os abrirá, dice el Señor, así que llamaron. La cabra baló, y la muchedumbre escuchó con claridad la voz metálica y andrógina de Liduvina diciendo que alguien jugaba con gatos. Gatos, gatos negros, sin duda. Comedores de roedores portadores de la peste negra. Animales, alimañas, vísceras horrendas para cocinar pociones mefíticas.
—¡Entréganoslas! —gritaron—. Déjanos entrar y entréganoslas.
El hombre señaló a Liduvina una piedra contra la pared que daba a un pasadizo. Las muchachas se habían levantado de sus lechos de losa y hacían racimo junto a ella.
—Entrad ahí —dijo el ermitaño con voz queda—. Al otro lado saldréis a poca distancia de la entrada al cobertizo. Es bastante sólido. Encerraos dentro.
—¡Abre! —gritó alguien de la multitud.
—¡No podéis forzar una ermita!
—No vamos a abrirnos paso, pero puede que alguna antorcha la reduzca accidentalmente a cenizas.
—No eres un sacerdote —se escuchó al tabernero—. No puedes negarle al pueblo de Dios el paso a su propia morada.
—Ahora lo veo claro —dijo Hans—. Las malas cosechas han sido nuestro castigo por seguir a este falso pastor. Todas sus eucaristías han sido nulas. Peor aún, han sido sacrílegas. ¿Cómo no lo hemos visto todo el tiempo?
—¡Ahí!
Un dedo señaló a unas mujeres que corrían hacia el cobertizo. Tres hombres, luego cuatro, luego un número ancho de múltiples brazos espasmódicos, les arrojaron teas a los tobillos. Cayeron sobre sí mismas, mordieron la tierra, y una vez en tierra, las mataron a golpes. Los gritos de Liduvina, inconfundibles para el oído del hombre, y los gritos de sus hijas, clamaron y se elevaron hasta el Reino de los Cielos.
La cabra baló otra vez, con un balido de angustia. El ermitaño la miró. Allí, junto al animal, estaba la niña pequeña. No había seguido a Liduvina y nadie, ni Liduvina ni él, se había dado cuenta. Miraba al hombre con ojos de escrutinio más que de temor. Esa niña le estaba juzgando con un espíritu ecuánime, impropio de sus pocos años, pero ni una sola palabra salió de su boquita. Su brazo abarcaba, tozudo, el lomo de la cabra.
—Hemos acabado con las brujas —escuchó a la voz áspera del pueblo—. Sal y afronta tu defensa.
—Si no eres discípulo de Satán —siguió la voz tras saltar a otra garganta—, entrégate y no temas.
El hombre tomó a la muchacha por la cintura y la sostuvo en vilo. Entró en el pasadizo, lo recorrió a tientas y en la boca de la salida observó el perfil del cobertizo en la noche. Nadie lo vigilaba, así que corrió hasta la puerta y se metió dentro con la niña. Dejó la puerta entornada para poder observar el exterior y averiguar si lo habían visto. No. No lo habían visto. Tapó la boca de la muchacha, aunque era un esfuerzo inútil, una pura reacción nerviosa. La chica nunca decía nada. Era silenciosa como un gato.
La muchedumbre estaba lo bastante lejos. Se sintió a salvo. Entonces escuchó un crujido dentro del cobertizo. Era la cabra. ¿Cómo había llegado hasta allí? El ermitaño empezó a sentir un agotamiento agitado.
La niña se abrazó a la cabra como en un adiós.
—Suéltala —susurró el hombre—. Se va a poner a balar, vas a conseguir que nos descubran.
La niña la soltó, y la cabra se deslizó fuera por el resquicio que había quedado entre la puerta y el vano. En el umbral lanzó su tercer balido, más estridente que los otros dos, y echó a correr hacia el bosque. Los aldeanos caminaron hacia la fuente de aquel lamento y vislumbraron desde la distancia al hombre y a la niña, que por primera vez emitió un sonido por la garganta: un chillido agudo que alcanzaría los oídos de la cabra, ya desaparecida, un chillido que enviaba al animal un mensaje particular en su propia lengua.
—¡Tiene a una de las brujas! ¡Quedaba una!
En un instante el hombre decidió entregar a la muchacha a cambio de su vida. Debía mantener la puerta entornada. Si la cerraba les ofrecería a esos orates una pira majestuosa en la que sacrificarles, a él y a la niña. Esa niña del diablo, ¿por qué había gritado así? El cobertizo no era un lugar sagrado, eso podía jurarlo —Liduvina podría haberlo jurado con él de seguir viva—, y los aldeanos no dudarían en convertirlo en un horno, un enorme patíbulo de fuego en el que recrear el infierno para él. Recordó las palabras de Liduvina: “Cuando están en apuros, las brujas desaparecen, vuelan, se filtran por las paredes”. Cómo deseó —un solo momento que le pesaría hasta aplastarle al momento siguiente— tener esos poderes diabólicos: desaparecer, volar, filtrarse por las paredes. O fulminar a toda esa turba a base de conjuros, de rayos y centellas. Enseguida sintió un vértigo innombrable ante el abismo de culpa que se abrió paso en su cabeza. Pero no: había que vivir. Él era más listo. Era un hombre de Dios. Les convencería. Él tenía mucho más poder de persuasión que todas esas bestias humanas juntas. Tomó a la chica de la muñeca para entregarla. Les daría algo de carnaza ya que tan ansiosos parecían por probarla. Se conformarían con eso. Con la mano libre se tiró de la barba una y otra vez. La niña le miró desde su pequeña estatura con ojos de juez severo y disgustado. El hombre se puso a sudar. La mano cayó inerte desde su barba enredada.
La niña se escabulló de su garra y se acercó paso a paso a la hoja de la puerta. El hombre se sintió desfallecido. Notaba todos sus miembros paralizados, hormigueantes, como con vida —o más bien con muerte— propia, independiente de su voluntad y su entendimiento. La pequeña tanteó el aire pardo del interior del cobertizo, dio algunos pasos y por primera vez pronunció palabras inteligibles, aunque incomprensibles para él.
—¡Qué extraño! —dijo la muchacha, avanzando cautelosamente—. ¡Qué puerta más pesada! —La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.
—¡Dios mío! —dijo el hombre—. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos ha encerrado a los dos!
—A los dos, no. A uno solo —dijo la muchacha. Pasó a través de la puerta y desapareció.

4 comentarios:

  1. Excelente y soberbio comienzo de novela histórica ! Felicidades.

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    1. Gracias, Marina. De momento se queda en el comienzo de esa posible novela histórica, más adelante quizá convierta ese comienzo en algo más acabado.

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