28 julio 2017

Pregunta trampa: ¿Para qué sirve la literatura?

No hace mucho, después de la última sesión de un taller de escritura, surgió en el bar donde profesora y alumnos tomábamos unos botellines el tema de la utilidad de la literatura. Para ser precisos, el tema de para qué sirve la literatura. No profundizamos mucho, sólo pusimos sobre la mesa dos puntos de vista encontrados: alguien defendió que la literatura sirve para algo (elevar el espíritu, entretener, consolar, desahogar al personal, arrancar una sonrisa, qué sé yo) y alguien sostenía que la literatura no sirve para nada. Me tocó a mí en suerte defender esta última tesis. Claro que al decir que la literatura no sirve para nada mi intención no era denigrarla, sino, muy al contrario, hacerle un enorme cumplido. Suele olvidarse que cuando se habla de “la utilidad de la literatura” se están manejando al menos dos conceptos: el de literatura, desde luego, pero también el de utilidad. El culto a la utilidad, omnipresente, obligatorio, incuestionable, sobrevolaba el techo del bar aquella soleada tarde de junio con la misma autoridad con que el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas en el principio de los tiempos.
Hay que servir. Servir para algo. Servir a algo, servir a alguien. Servidumbre, servil, siervo, servicio, servicial, servidor, sirviente. Ésa es la idea, el campo semántico que lo preña y lo empreña todo. Es el espíritu burgués, mercantil-industrial, que pone como criterio supremo para juzgarlo todo la rentabilidad, la productividad… La utilidad. Es algo que no se discute. Todo debe ser útil o perecer. Pero no sólo hay cosas inútiles, hay cantidad de personas inútiles. Yo, por ejemplo. En su día el Ejército me declaró “inútil total” para el servicio militar, y hasta hoy no tengo noticia de que haya cambiado de opinión. O los ancianos achacosos de edad muy avanzada. ¿Son útiles? ¿Para qué sirven? “Para dar buenos consejos”, se apresurará a decir el bienintencionado feligrés utilitarista. Bien. ¿Y el anciano que no da buenos consejos, el viejo cascarrabias que no hace más que refunfuñar y maldecir día y noche? La religión utilitarista hace que nos pasemos la vida disculpándonos o disculpando a otros por ser inútiles, o bien colándonos a empujones en el autobús en marcha de la utilidad.
Una columna sirve para sujetar el frontal de un edificio. Pero ¿qué pasa si la columna es jónica, por ejemplo? ¿Tiene un plus de utilidad? No. Con que sujete la techumbre ya vale. El hecho de que sea jónica no añade utilidad, sino belleza.
Por otro lado, el garrote vil sirve para ejecutar reos. Los misiles también tienen un uso universal y una finalidad, como el alambre de espino. Parece claro que hay que ir un poco más allá si se quiere seguir rindiendo culto a la utilidad con algo de clase.
¿Cuál es la utilidad del amor, del odio, de la música, de un collar de perlas, de mi vecina de enfrente, de un alacrán, de una pesadilla, del lunar tan bonito que tienes junto al labio inferior, del sol, de la vida misma? Son preguntas absurdas. Aún así, habrá quien diga que el amor, por ejemplo, sirve para estar a gusto, o, con un criterio más sólido, para procrear. Es endeble decir que el amor sirve para estar a gusto, entre otras cosas porque hay muchos, muchísimos amores amargos, obsesivos, patológicos, contrariados, etcétera. Lo de que sirve para procrear parece más plausible, aunque haya amor entre personas homosexuales, estériles y demás. Con todo, supongamos que el amor sirve para procrear, partamos de ahí y usemos el estilo socrático. ¿Y para qué sirve procrear? Para perpetuar la especie. ¿Y para qué sirve perpetuar la especie? Para que la vida humana no se extinga. Bien: ¿y para qué demonios sirve la vida humana? La brújula de la utilidad nos ha metido en un callejón sin salida. La vida no sirve para nada, porque la vida no está aquí para servir, sino para servirse. Y la literatura es parte de la vida.
Suele decirse que la literatura sirve para proporcionar placer. Pero hay cantidad de libros que no dan placer. Y una de las características de la utilidad es su universalidad. El bisturí sirve para la cirugía, lo que implica que todos los bisturíes del mundo sirven para la cirugía. Quien diga que un bisturí sin cuchilla no sirve para operar olvida que un bisturí sin cuchilla no es un bisturí sino un mango, igual que un bisturí sin mango no es un bisturí sino una cuchilla.
Pero, volviendo a la literatura y a los que creen hacerle un favor predicando su utilidad, seamos concretos; como utilitaristas debemos serlo. Si la literatura sirve para algo, por ejemplo para equis, todos los libros del mundo sirven para equis. Así que no respondamos a la pregunta de “para qué sirve la literatura”, preguntémonos para qué sirve David Copperfield. O El Lazarillo de Tormes. Y, por favor, no respondamos que para elevar el espíritu. David Copperfield y El Lazarillo no sirven absolutamente para nada. Ni a Dios ni a los hombres, ni al Estado ni al bien común, ni a la ciudadanía ni a la sabiduría. Para mí, que gusto de esos libros, son objetos de placer, no herramientas. Para los que no gusten de ellos, no son más que hojas cosidas y encuadernadas. Lo máximo que se puede decir de ellos es que sirven para leer. David Copperfield, como es un tocho, puede servir además para calzar una mesa que cojea mucho, mientras que El Lazarillo, más fino, puede calzar una que no cojea tanto. A quien le hayan obligado a leer El Quijote en la escuela, lo más probable es que esa obra le provoque repulsión. Puede objetarse que un bisturí también puede utilizarse para asesinar a un niño ciego. Claro, y para trocear un filete, pero ésa no es su finalidad. La utilidad no sólo es universal sino que está dotada de una causa final: tiene un sentido único, exclusivo. Puesto que forma parte de la literatura, El Quijote, según los utilitaristas, serviría para elevar los espíritus y todas esas cosas. Ésa sería su finalidad. ¿Y el Mein Kampf? Hay a quien El Quijote no le ha elevado más que la tensión arterial, y seguro que a algunos el Mein Kampf les ha decepcionado bastante.
No se trata de denigrar el concepto de utilidad, sino de ponerlo en su sitio: la caja de herramientas de la casa. Y el placer debemos colocarlo en el jardín de la casa, ese lugar verde y fresco donde jugamos y corremos descalzos y al que tendremos buen cuidado de mantener limpio, libre de útiles.

La literatura, el arte en general, como el pensamiento, como el amor, no tienen que justificarse, y menos ante la Diosa Utilidad. Son parte de nosotros y eso es todo. No le deben nada a la utilidad, se lo deben todo y se deben al placer. Los destornilladores son útiles, no tienen por qué ser bellos; la literatura sólo debe ser bella. La silla eléctrica, el bidet o la rueda son útiles, pero no forman parte de nuestra esencia. La literatura sí.

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