29 mayo 2017

Vicentito va a casarse (relato)

Escribí este relato hace poco e inmediatamente lo leí en un taller de escritura de una de las bibliotecas de la Comunidad de Madrid. Mereció rechazos y elogios, unos y otros sin base razonable. Me encanta. Cuando un texto provoca rechazos y elogios sin que los argumentos vengan a estorbar a las sensaciones —incluso en un taller de la Comunidad de Madrid—, lleva dentro el núcleo: la literatura.

Vicentito va a casarse. Tendré que hacerle un regalo. Yupi.
Llega el metro. De aquí a Legazpi, cuarto menguante. En la imprenta acaban de sacar el Emilio de Rousseau, la estafa del siglo de las Luces. Vicente me lo ha pedido, y se lo llevo en una bolsa mugrienta.
Esa señora aplastada por cuatro párpados me deja su asiento. Estiro las piernas. La cartera. ¿Cuánto dinero…? Veinte pavos. De propina, esta foto con Emilia, con su cara pegada a la mía en Segovia. ¿Por qué traje esta foto? ¿Por qué no la rompo? Hace un mes dejé a Emilia después de tres años de Segovia. Ciudad llena de piedras vistosas y personas muertas de aburrimiento. En la imagen aparecemos frente a la estatua a Juan Bravo, el último segoviano que se lo pasó bien.
Todavía es junio de 2008, así que aún me faltan dos años para conocer a Pili. No será lo mismo, claro. Pili y yo nos querremos como hermanos. Unos hermanos algo incestuosos, es verdad, pero la mala prensa del incesto no es más que eso: mala prensa. Nos querremos lo suficiente como para caernos bien, pero no tanto como para aborrecernos al final, ni siquiera tanto como para que tenga que haber un final. Nos tomaremos en paz y nos dejaremos en paz, así una y otra vez, como hermanos.
Emilia no conocía la paz. Nadie la conoce, pero ella no practicaba. Parecía de cera. Tiene 38 años, pero su cara, su cuerpo, sus movimientos eran eternos y cerrados. Reflejos sin brillo. Al principio, cuando se ponía encima, la sujetaba para explorar, y luego por costumbre. Nunca para mantenerla en equilibrio. Cuando alguien apenas se mueve, no pierde el equilibrio. Ahora, divorcio. Costumbre incomprensible la del matrimonio.
En su caso, más incomprensible. Ella no quería hijos. No le asustaba la responsabilidad, sino el embarazo. Los miedos de Emilia siempre fueros físicos, segovianos. Como el miedo a encontrarse con su padre, de físico imponente.
Hace un mes salimos a comer. Miré la carta.
—Coño, han subido los precios —dije.
—Haz el favor de no decir tacos —dijo ella—. Mi padre puede estar aquí.
—¿Qué he dicho: coño?
—Sí.
—Vagina, han subido los precios.
Disgusté comida con espectáculo, el del rostro de Emilia en bajorrelieve. Siempre se había mantenido en un sobresalto contenido por algo como esperanza, pero ese día dejó de contenerse y se autoempotró. Dejé casi todo en el plato; la máscara que tenía enfrente reclamaba toda mi atención.
—Me largo —dije—. Ha sido la comida más asquerosa de mi vida.
—Pide el libro de reclamaciones.
—Para qué. Ya no tiene remedio. Lo que me he tragado me lo he tragado, y lo que no, se ha echado a perder. Mañana vuelvo a Madrid. A vivir, a ver si recuerdo cómo era.
Vine a Legazpi, al piso de alquiler más barato que encontré. Traje esta foto entre los calcetines, las aspirinas y un montón de libros, ninguno de Rousseau.
Vicente, Rousseau y su boda. No conozco a la infeliz que cargará con él, creo que es de Cádiz. Buena gente. El que lo echará todo a perder, el segoviano, será Vicentito. Entre tanto, que disfrute del Emilio.
Dentro de dos años, cuando conozca a Pili, tendré la ventaja de que ella ya estará casada; esa necesidad absurda la tendrá cubierta. También tendrá doce años menos que yo, dos críos y, sobre todo, una piel de verdad, tersa pero viva, con poros y vello, con aroma. Pili será ágil. Podremos vivir el uno sin el otro; incluso podríamos seguir viviendo sin llegar a conocernos nunca, pero no valdría la pena. Sólo tendremos una discusión —por su dulce culpa, claro—, y yo cederé y ella perderá, y entonces nos daremos cuenta de lo que hay. Ella y yo: eso hay.
Falta una estación. Vicente se entusiasma con Rousseau. Una forma insuperable para un mensaje desastroso. Pero la forma es bien poco cuando se predica moral y costumbres.
Ese skin no deja de mirarme. Legazpi. Me apeo. Emilio. Leamos la salmodia de sus soluciones: “Libro primero. Todo es perfecto al salir

—El muerto: Víctor Sebastián. 46 años. Separado.
—¿Y ése? ¿Un marido cornudo?
—No tienen relación. Tampoco familiar, nada. Está de la cabeza.
El comisario entra en la sala y le pone la mano en el hombro al calvo ceroso.
—A ver, kungfú, ¿por qué has tirado a la vía a ese hombre?
—Rousseau es el diablo. Abrió la puerta a la masonería, el liberalismo, el comunismo y la impiedad.
[—¿De qué habla este cholado?
—El muerto iba leyendo un libro, de un francés… rusó.
—¿Se lo ha cargado porque no le gustaban sus lecturas?
—Un volado ultra. Pero no lo conocemos.
—Hay que darle postre. ¿Qué tenemos por ahí?
—Ayer. Un chino cosido a mojadas en el polígono.]
—¡Kungfú! ¿A que odias a los chinos?
—¿Por quién me toma? Los inmigrantes son nuestros hermanos.
[—Tenía que tocarnos el único facha librepensador de Madrid.
—Éste no se larga en ayunas. Que se coma lo de la chica con la cabeza partida… ¿cómo era?
—Pili nosequé… Sí: Pilar Barcos. 34 años. Casada.]

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