22 febrero 2017

Cómo quedarse hueco y flotar. Manual de instrucciones (relato)

Precaución: Al nacer te enchufan al lleno, por favor. Pero la vida plena no produce sino estreñimiento, el estómago se llena de valores sin digerir. Así que desenrosca la tapa lentamente y vacía toda esa mierda. Toda. Así. Ahora saca las piedras de los bolsillos. Es fácil. Al final sácate las vísceras una a una y plántalas sobre el mostrador. Véndelas si es que alguien las quiere, y con lo que obtengas compra un cucharón y sigue rebañando tu mundo interior hasta quedarte hueco. Verás cómo asciendes a la superficie. Vas a flotar.
Mientras subes, cuidado con los cambios de presión y de luz. El fondo del abismo oceánico está lleno de gente que ha profundizado tanto gracias a sus zapatos de cemento o a sus vigas atadas al cuello. Ahí abajo la presión y la oscuridad son aplastantes. Asciende con cautela.
Despréndete de los desechos poco a poco. Primero las certezas: esto, aquello, lo natural. Luego las palabras: intolerable, vajilla, Orense. Luego las creencias: budismo, ludismo, nudismo. Las opiniones son ligeras: blando, claro, asesino. Las mentiras lo penúltimo: mastarde, novoyamatarte, esportubién. Lo último las verdades: te amo, tengo hambre, me duele aquí. Las consignas se disuelven solas: pasen por caja, vamos a cerrar.

13 febrero 2017

Según para quién escribas, así sale

Parece evidente: no es lo mismo escribir literatura infantil que género negro, literatura erótica que folletín, ciencia ficción que novela histórica. El género literario que escoges determina el lector al que te diriges y por tanto el lenguaje que usas, los recursos que manejas, la mayor o menor audacia que te permites, etcétera.
Pero no quiero hablar de la obra publicada sino del paso necesariamente previo: de la obra escrita. Recién escrita e inédita. Al margen por completo del género, o mejor si carece de género, si se trata de una obra —larga o corta, es igual— de ésas que se llaman “literarias”. (Por cierto: notable género literario el que las editoriales catalogan como “literario”).
Hablo de lo que ahora se llama con poca fortuna beta reader para entendernos (?). Mejor llamarlo lector previo o primer lector. El primer lector, al que muestras tu manuscrito, sea poema, relato, capítulo de novela o lo que sea, a medida que vas escribiendo, antes de pensar siquiera en publicarlo. Generalmente un amigo, un familiar o preferiblemente un lector “laico” que no tenga nada personal que reprocharte o agradecerte y, si es posible, que apenas te conozca. Es incluso recomendable que ese primer lector de tu obra inédita no tenga demasiados conocimientos de teoría literaria. Sí gusto por la lectura, desde luego, pero no por el mundo —o más bien mundillo— de las pretendidas o pretenciosas superestructuras literarias.