23 febrero 2017

La torre de Blablá (relato)

La torre de Blablá estaba llena de intelectuales. No cabía una cerilla. Intelectuales progresistas, conservadores, ponderados, moderados, patilludos, con lentes en las caras, con pipas en las bocas. Barbados, gruesos, calvos, melenudos, circunspectos, conspicuos. Todos esos intelectuales eran escritores. A los músicos, por ejemplo, no se les consideraba intelectuales-intelectuales, ni a los arquitectos, ni a los escultores. No tenían sitio en la torre; eran como mucho artistas callejeros. Los intelectuales eran los que escribían. Los que dejaban constancia en letra perenne de lo que está bien, lo que está mal, qué hacer o qué decir y cuándo. Fruncían la frente al unísono ante el paso de una mosca, llevaban siglos ensayándolo. Los intelectuales eran publicistas en general, consagrados y encastrados: novelistas, cuentistas, pero también periodistas, economistas, abogados, médicos, profesores, políticos, hasta militares, siempre que escribieran o les escribieran y publicaran artículos, manuales, tesis, estudios, novelas, tratados.
La torre de Blablá estaba en medio de un páramo donde la gente no habitaba, sólo pasaba muy apresurada durante el día. Por la noche aquel solar estaba desierto.
La torre de Blablá no llegaba al cielo. Hacía al menos un siglo que no crecía a lo alto. Las obras se habían abandonado. La ley canónica dictó que no podía crecer más hacia arriba, pero sus paredes cedían poco a poco a lo ancho a medida que entraban más y más señores de las letras. Podía reventar; todos lo sabían, pero no parecía importarles. Los intelectuales se amontonaban en el piso superior, que visto desde fuera abultaba orondo como un capón cebado. Llegó un momento en el que ya casi no cabían. Los pisos bajos, once plantas, estaban vacíos. Allí corrían ratones y cucarachas. Lagartijas, serpientes, murciélagos. Hacía décadas que los del piso superior habían dejado de atreverse a bajar. Cuando alguno de ellos moría, lo dejaban caer por el hueco de la escalera. Una escalera que se desmenuzaba, herrumbrosa.
Hace unas semanas tomaron té con aguardiente sentados en sus sillones de orejas.
—Bla, bla, bla —dijo uno.
—Muy bien dicho, maestro —jaleó otro.
—Bla, ble, bli, blo, blu —contestó un tipo con la corbata manchada de mostaza.

22 febrero 2017

Cómo quedarse hueco y flotar. Manual de instrucciones (relato)

Precaución: Al nacer te enchufan al lleno, por favor. Pero la vida plena no produce sino estreñimiento, el estómago se llena de valores sin digerir. Así que desenrosca la tapa lentamente y vacía toda esa mierda. Toda. Así. Ahora saca las piedras de los bolsillos. Es fácil. Al final sácate las vísceras una a una y plántalas sobre el mostrador. Véndelas si es que alguien las quiere, y con lo que obtengas compra un cucharón y sigue rebañando tu mundo interior hasta quedarte hueco. Verás cómo asciendes a la superficie. Vas a flotar.
Mientras subes, cuidado con los cambios de presión y de luz. El fondo del abismo oceánico está lleno de gente que ha profundizado tanto gracias a sus zapatos de cemento o a sus vigas atadas al cuello. Ahí abajo la presión y la oscuridad son aplastantes. Asciende con cautela.
Despréndete de los desechos poco a poco. Primero las certezas: esto, aquello, lo natural. Luego las palabras: intolerable, vajilla, Orense. Luego las creencias: budismo, ludismo, nudismo. Las opiniones son ligeras: blando, claro, asesino. Las mentiras lo penúltimo: mastarde, novoyamatarte, esportubién. Lo último las verdades: te amo, tengo hambre, me duele aquí. Las consignas se disuelven solas: pasen por caja, vamos a cerrar.

21 febrero 2017

El órdago de Dolores (relato)

Don Jacinto pulsó el botón del ascensor. Iba a bajar la basura. Observó la cuña iluminada en uve del piloto. La caja de acero se detuvo, el piloto permaneció encendido y la puerta se abrió ante don Jacinto. Se encontró con la nueva vecina, la jovencita de la vigésima planta. Se repasó la barbilla con los dedos de la mano derecha y pronunció un buenos días, correspondido por un buenas que le dio pie a seguir avanzando:

—Usted es nueva en el bloque, ¿no es así?
La vecina fue respondiendo a las preguntas de don Jacinto con un tono de inocencia precisa. Don Jacinto averiguó así que su gracia era Dolores. Pero la característica de aquella muchacha que más le llamó la atención fue que estaba tremenda. Reventona. Sus pechos presionaban su camisa a cuadros poniendo a prueba la resistencia de botones y ojales. Sus largos cabellos guardaban negligentes los pómulos abultados, los labios entreabiertos y el cuello desnudo. Sus vaqueros ceñidos marcaban formas y anunciaban fondos. Su trasero, atisbado en algún movimiento involuntario, era rotundo, mortal. Don Jacinto puso la bolsa de basura a su espalda.
—Espero que no considere un atrevimiento excesivo que este anciano caballero se tome la libertad de convidarla a un café con tostadas —dijo.
—No sé si dedo —dijo ella, y enseguida rectificó con una suave risita y un hipito gracioso—… Perdón, quería decir que no sé si debo.
El ascensor se detuvo entre dos pisos. Dio una sacudida brusca un poco antes de quedarse estático y la joven tuvo que apoyarse un momento en el brazo de don Jacinto. Se disculpó. La penumbra se vio amortiguada por las tenues luces de seguridad.

13 febrero 2017

Según para quién escribas, así sale

Parece evidente: no es lo mismo escribir literatura infantil que género negro, literatura erótica que folletín, ciencia ficción que novela histórica. El género literario que escoges determina el lector al que te diriges y por tanto el lenguaje que usas, los recursos que manejas, la mayor o menor audacia que te permites, etcétera.
Pero no quiero hablar de la obra publicada sino del paso necesariamente previo: de la obra escrita. Recién escrita e inédita. Al margen por completo del género, o mejor si carece de género, si se trata de una obra —larga o corta, es igual— de ésas que se llaman “literarias”. (Por cierto: notable género literario el que las editoriales catalogan como “literario”).
Hablo de lo que ahora se llama con poca fortuna beta reader para entendernos (?). Mejor llamarlo lector previo o primer lector. El primer lector, al que muestras tu manuscrito, sea poema, relato, capítulo de novela o lo que sea, a medida que vas escribiendo, antes de pensar siquiera en publicarlo. Generalmente un amigo, un familiar o preferiblemente un lector “laico” que no tenga nada personal que reprocharte o agradecerte y, si es posible, que apenas te conozca. Es incluso recomendable que ese primer lector de tu obra inédita no tenga demasiados conocimientos de teoría literaria. Sí gusto por la lectura, desde luego, pero no por el mundo —o más bien mundillo— de las pretendidas o pretenciosas superestructuras literarias.