26 enero 2017

‘Silvia’ de Gérard de Nerval

Hay quien dice que todas las novelas son policiacas, en el sentido de que aspiran a crear suspense o porque siempre tienen algo oculto que descubrir a lo largo de sus páginas. Puede que sí, pero en el plano formal. En el contenido, como ya he dicho aquí en alguna ocasión, creo más bien que todas las novelas son historias de amor. Ya sabemos que fondo y forma van unidos en la literatura. Pero el móvil del crimen, la investigación o el suspense siempre están al servicio de la emoción y, por encima de todo, de la emoción suprema: el amor.
El amor, que no es unívoco. En realidad cada autor nos habla de su amor, no del Amor. No sé qué es el Amor, sé qué es mi amor, y sé que una novela tiene calidad cuando el autor, sin conocerme, quizá —muy probablemente— sin pretenderlo, está hablando de mi amor. Es entonces cuando ocurre ese fenómeno insólito de tener la sensación, no de estar leyendo la novela que tenemos entre manos, sino de estar escribiéndola.
Silvia, de Gérard de Nerval, es la historia extraña de un amor extraño. Todos los amores son extraños, pero el amor de Gérard de Nerval en Silvia lo es aún más. Es único. No hay emociones generales, todas son particulares. Además de ser un sentimiento particular, el amor es único. Los intentos de hacer una sinopsis o un resumen de Silvia —o incluso un comentario— siempre fracasan, se embrollan, se desdibujan. Como este comentario. Porque Silvia es la historia de amor del lector.
La novela es breve. Su carácter único evoca incluso expresamente a La Nueva Eloísa de Rousseau, otra de esas novelas que parecen escritas sólo para nosotros, sólo para mostrarnos nuestras emociones. Nerval rinde un repetido homenaje a Rousseau —y en particular a La Nueva Eloísa— en las páginas de Silvia.
Silvia no es una narración sencilla, tajante, cerrada, como no lo es nuestro amor. Es como un suspiro prolongado; el último suspiro del loco Nerval, el suspiro previo a su muerte. Silvia habla del amor original, perdido, que sólo se recupera con la muerte. Éste es el móvil, la investigación y el suspense del amor único, del nuestro.
Silvia no teoriza, ya que el amor no es asunto de teorías, sino de práctica poética. Goethe dijo que “la teoría es gris, pero el árbol de la vida es eternamente verde”. Si alguna conclusión se puede sacar de la lectura de Silvia es que el amor definitivamente conquistado, complacido, se desmenuza entre los dedos. El amor perdido, en cambio, sigue vivo para siempre. No recuerdo quién dijo que todos los paraísos son paraísos perdidos. Especialmente si se han perdido teniendo todas las de ganar. Los paraísos ganados pasan a la categoría de lugares tediosos como celdas compartidas con viejos visillos floreados que esconden las rejas de las ventanas.
Lo importante en Silvia, como ocurre con todas las buenas novelas, no es la historia, sino el clima emocional. La historia nunca puede ser la nuestra, pero la emoción sí. Es nuestra emoción —mi emoción— publicada, y, por ello, particular pero comprendida. Un ejemplo se puede leer en las primeras páginas. El personaje narrador, que acude diariamente al teatro para ver a una actriz de la que está enamorado, habla con otro personaje que le pregunta por cuál de las actrices acude tan a menudo. «¿Por cuál?… —relata el narrador—: No concebía que se pudiera ir allí por otra».
Gérard de Nerval nació en París el 22 de mayo de 1808. Es más conocido como poeta que como novelista, y si bien pertenece al movimiento romántico, su obra supone una especie de extraña transición entre la literatura dieciochesca y el malditismo de Baudelaire o Rimbaud. Como Sade, Nietzsche, Plath, Panero y tantos otros escritores, estuvo varias veces internado en manicomios. Y como otros tantos, desde Jack London hasta Alejandra Pizarnik, pasando por Hemingway, Viginia Woolf o Plath, se suicidó. Hace 162 años, el 26 de enero de 1855, se ahorcó en una calleja oscura. Dos años antes había publicado Silvia.
Nerval tuvo la primera crisis de locura en 1841. Tras su internamiento en un frenopático escribió a la esposa de Alejandro Dumas estas palabras, de una lucidez difícilmente superable:
«En el fondo he tenido un sueño muy divertido, y lo añoro: hasta llego a preguntarme si no era más verdadero que esto que solamente hoy me parece explicable y natural; mas como aquí hay médicos y comisarios cuidando de que no se extienda el campo de la poesía a expensas de la vía pública, no me dejaron salir hasta que convine formalmente en que estuve enfermo».
Médicos y comisarios: gendarmes de las convenciones. Un poeta está bien mientras delire por escrito; pero si saca a la calle su poesía es un loco, es decir, un peligro. Nerval denuncia sutilmente la función policiaca de la medicina de su época (y bien pudiera ser que de la nuestra): en lo físico su principal instrumento es el bisturí; en lo psíquico, la llave de la celda. Su verdadera función era —¿es?— salvar el orden, no al paciente. Su auténtica misión, evitar que la poesía se extienda a la vía pública.
Gérard de Nerval vivió en la miseria, fue un espíritu atormentado, y sufrió esquizofrenia y depresión entre otras dolencias del alma. Todo ello le llevó a ahorcarse en esa calleja oscura de París. Un acto de desesperanza y, sin embargo, de libertad suprema. No pudo elegir su nacimiento pero sí su muerte, y le arrebató la prerrogativa sobre su final al mismo Dios. Hágase mi voluntad y no la Tuya, pareció decirle al Creador con la cuerda pendiente de aquel callejón.
Silvia es, en definitiva, la novela extraña de un autor extraño. Único, como nuestro amor, como el amor que Nerval supo expresar en su obra: esa variedad de locura que a veces invade la vía pública de forma más o menos impune, pero que, de un modo u otro, siempre se abre paso y encuentra un escondite frente a los gendarmes en las estancias privadas o en las calles oscuras.

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