27 enero 2017

Aquellos huevos fritos (relato)

En mi casa todos los días se desayunaba, se comía, se merendaba y se cenaba. En medio de las acelgas, de los trozos de pollo llenos de huesos y de cartílagos, de la sopa sosa e indiferente, de las alcachofas con enormes hojas duras, de las judías verdes con las hebras al acecho, en medio de aquella selva hostil, de vez en cuando, surgía la promesa de los huevos fritos. Era una promesa de alegría, de satisfacción gratuita. El placer era algo raro entre los dientes. Hasta el desayuno, en régimen de libertad condicional, y la merienda, con libertad plena, ceremonias extrañas que escapaban a la vigilancia y daban una ilusión de placer por el hecho de que, como mucho, no había que sortear más que alguna corteza de queso o alguna tirilla de las rodajas de embutido, no eran comidas de verdad, no alimentaban, sólo eran rutinas empañadas por el pan aburrido con mantequilla aburrida y azúcar aburrida. Los desayunos y las meriendas no eran hostiles, pero eran aburridos.
La comida y la cena. Vigilancia. Agua. Un dedo de vino savin, con casera hasta el borde del vaso duralex. Algún pescado con espinas que no sabía cómo sortear. Una naranja que había que cortar por la mitad y comer a sorbiscos con cuidado de no mancharme mucho la cara con su zumo. Esa era la alimentación que se ofrecía. Llena de caras y palabras, sal, entra, toma, deja, calla, habla, duerme, despierta.
La televisión volvía a hacer pasar las imágenes como una persiana que dejaba cada tanto, suspendido y vacilante, al locutor del telediario con la boca sobre el tupé, hasta que volvía a emprender su camino vertical. Mi padre comía y mi madre se levantaba de la mesa y volvía a la mesa una y otra vez, lamentándose de que se enfriara la comida y de que no me lo hubiera comido todo, y de que entre las raspas de mi pez quedaba carne blanca, la mejor. Mi padre decía que no habíamos pasado hambre, y descargaba su batería de buenos deseos: tendríamos que haber pasado hambre, tendríamos que haber pasado una guerra, nos lo habíamos encontrado todo hecho. Yo no tenía mucho apetito, y no abarcaba el concepto de todo. Daba todo aquello como parte del todo. Sobre guerras no sabía nada. Si no había pasado una guerra sería porque mis padres no la habían declarado. Los bueyes no declaran guerras. Entre tanto, mi hermano roía las espinas y las soltaba sobre el plato. La luz del comedor era dura y estrecha, era una luz de guerra que pasaba hambre y que no dejaba una brizna de carne a sus filamentos.
Y entonces, de vez en cuando, se me presentaba un plato de deliciosos huevos fritos. Era la felicidad absoluta en medio de un mundo de alcachofas duras. Era el placer sin mácula, sin dar ni pedir explicaciones, era mi momento de gozo supremo, bendecido, además, por la vigilancia complaciente de mis padres. No tenía que ocultarme para saborearlos. Eso debía de ser la felicidad: una vida entera consagrada a saborear huevos fritos sin ocultarme, hasta que la vejez llegara y entonces, como mi abuela, me tuviera que sentar en un comedor ajeno a oscuras y en silencio, con ropa negra y unas cuentas entre los dedos.
Pero un día ocurrió. Mi madre llevó a la mesa un plato con dos huevos fritos. Nada más. Eso era todo lo que se precisaba para ser feliz. Dos huevos fritos, blancos y amarillos, un plato, mucho pan y un tenedor. Pero, entonces, algo, es decir, todo, falló. Esos dos huevos fritos no eran para mí. No lo entendía. Yo reinaba sobre los huevos fritos. Lo dije, pensando que se trataba de una broma, pero no. Alguien, probablemente mi hermano, se los comió. Yo tuve que comerme lo que había. Era una afrenta sin vindicación posible. Era el principio del fin. Si se me escatimaban los huevos fritos, cualquier demencia era de temer. El racionamiento del agua caliente, del papel higiénico, de las gafas sobre mi nariz, de la cama bajo mi espalda. Economía de guerra. Como anticipo, tuve que pelar la naranja que había. Una naranja se pela como una patata, sentenció mi padre. Bien, pero ¿cómo se pela una patata?
Más tarde tuve que comer plátanos, que eran de mi padre, no míos. Los comía, pero una parte de su digestión debía consagrarla a la gratitud. Claro que, en realidad, eran plátanos robados al pueblo. Mi padre era militar y no cultivaba plátanos, así que los había robado al pueblo. Los quesitos el caserío también habían sido robados al pueblo. El pueblo, despojado de sus plátanos y de sus quesitos el caserío, debía reclamarlos, no a mí, sino a mi padre. Aprendí a comer de todo, cultivado, criado, cazado o robado. A mi madre nunca le dábamos las gracias por lo buena que estaba la comida, porque no estaba buena. Callábamos, o mi padre se quejaba de que estaba sosa, o aguada, o cruda. Con el tiempo, mis hermanos aprendieron a fingir. Yo no. Echaba de menos los huevos fritos, robados al pueblo y a mí.
De mayor dejé de comer huevos fritos. Ya tenía dinero para comer lo que me apeteciera, pero no era lo mismo comer en una mesa propia que ajena. Los huevos fritos estaban buenos en una mesa ajena. En la propia mesa no demuestran nada. Los huevos fritos de ahora no son como los de antes. Son simples masas grasientas de consistencia dudosa.

Texto finalista del IV Certamen de Relatos Breves 2013. Alcublas, Valencia.

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