19 octubre 2017

La bonita libertad de los mendigos

Ayer tuve una severa sesión, casi una ración embutida, de realidad virtual en uno de los talleres de “escritura creativa” gratuitos a los que —cada vez menos— asisto. Se trataba de escribir un relato sobre algo que los alumnos no entendiéramos. Ésa era la propuesta de la profesora, y allí acudimos con nuestros desconciertos puestos por escrito bajo el brazo. El campo era muy vasto: la incomprensión es el continente más extenso y más poblado del planeta, de eso no cabe duda. Se trataba, claro, de escribir sobre algo que no entendiéramos pero que quisiéramos entender. Es decir, sobre algo que nos suscitara interés. Curiosidad. De esto hablaremos más adelante. Uno de los relatos, de una compañera, hablaba de un mendigo sin casa que se plantaba en la calle con un vaso y no se comunicaba con nadie. O eso entendí; en todo caso el detalle de la narración no importa demasiado para el fin de este comentario.

11 septiembre 2017

Galería de derrotados (relato)

Algunos de mis mejores amigos han muerto más o menos prematuramente. O han visto sus vidas devastadas por sí mismos o por otros en su camino hacia el final. No sé si eran buenas personas —sospecho que sí—, pero eso me tiene sin cuidado. Eran buenos amigos. Eso sí que me importa.
Estas personas fueron derrotadas, algunas tras una dura lucha, otras sin apenas defenderse; las hubo incluso que no tuvieron conciencia de que vivir supusiera tener que pelear. Comoquiera que sea, fueron derrotadas. Siempre hay alguien a mano que sabe que vivir supone pelear cuando tú lo ignoras; nunca falta quien te supera cuando juega con tu confianza y la traiciona con doctrinas ajustadas a la oportunidad. Ellos, los triunfadores, sin embargo, son gente muy poco interesante, muy vulgar, demasiado vista. Los triunfadores ni siquiera son felices. Como mucho están satisfechos a ratos, más o menos como todos. Nunca hay una buena historia detrás de un triunfador. Puede haber una historia entretenida, pero de baja calidad humana. Y aquí hablamos de seres humanos que pasan por la vida de visita, que curiosean, que cogen las figurillas de las estanterías y las vuelven a dejar donde estaban, que no tienen plano ni brújula o alguien se los ha birlado. Es decir, de perdedores.
A veces me preguntan por qué siempre escribo sobre personas desgraciadas. Suelo contestar que estaré encantado de escribir sobre personas felices cuando conozca a alguna.

25 agosto 2017

Nietzsche contra la Idea

El 25 de agosto de 1900, hace 117 años, murió Friedrich Nietzsche. Su filosofía es demasiado amplia, demasiado llena de matices —y de contradicciones o, al menos, de puntos interpretables— como para poder exponerla en un pequeño espacio. Me detendré sólo en algunos aspectos que me parecen especialmente interesantes.
Ante todo, conviene dejar claro que la filosofía de Nietzsche no es social sino individual. Nietzsche siente ansia de libertad individual, también para sus semejantes, puesto que para él la libertad del otro no es el límite sino la garantía de su propia libertad. Pero se trata de que el ser humano, cada ser humano, se emancipe. No en un cuarto cerrado, claro está; en contacto con los demás, pero en definitiva cada cual sólo responde ante sí mismo.
Nietzsche se empeña en refutar punto por punto toda la filosofía especulativa que ha llegado hasta él, usando al menos en parte sus propias armas. La diferencia con Stirner es que éste la despacha de un plumazo, alegremente, en nombre sólo de su opinión, mientras que Nietzsche se enfrasca en una pelea sin un fin previsible contra la Idea. Stirner le da la espalda a esa pelea porque no considera a la Idea un rival digno de él. Nietzsche es un botánico; Stirner, un leñador. Por eso Nietzsche tiene una producción literaria tan abundante mientras que Stirner sólo escribió una obra extensa. Pero ambos combaten lo que consideran la mala hierba de la Idea que recorre todo el siglo XIX recogiendo el testigo de la Cristiandad. Aunque no dejó constancia de que Stirner le influyera, muchos párrafos de Nietzsche son muy confundibles con el lenguaje stirneriano.

16 agosto 2017

Caza de brujas (relato)

Durante las cazas de brujas de la Baja Edad Media, en las últimas contracciones del violento parto de la modernidad, nadie podía decir con certeza si el tiempo avanzaba o retrocedía. El espacio era igualmente engañoso. Normalmente nadie salía de su aldea más que una o dos veces en toda su vida, y casi nunca iba más allá de la aldea vecina. En esa esquina de Europa partida a cuchillo en tres pedazos por la cordillera de los Alpes, entre lo que hoy llamaríamos Francia, Italia y Alemania, las fronteras eran confusas y elásticas como tuétanos de res recién sacrificada. Valía más no tomarle demasiado afecto a un soberano, porque muy bien podía ocurrir que otro soberano viniera a pedirle cuentas a uno por sus lealtades pasadas. La sombra del Sacro Imperio era negra pero lejana como la de un nubarrón preñado de electricidad que no se decide a descargar. Reinos, ducados, cantones, condados y ciudades libres se disputaban esas tierras gélidas con la espada y la sangre de sus súbditos. Saboya, Borgoña, Provenza, Lombardía, Franconia, arañaban con sus garras esos pantanos infértiles donde nunca podía jurarse cuándo se acercaba la noche y cuándo se marchaba el día; la luz y la oscuridad se abrazaban sin sueño y sin pasión bajo una sábana gris y deshilachada de niebla perpetua. Ese país no valía nada por sí solo, no era más que un lugar de paso en el camino a Santiago, Roma, Constantinopla o Jerusalén. Dios Nuestro Señor había señalado esa tierra como un estrecho pasillo en el trayecto que va de la cocina al salón de su Creación, y todos querían controlar ese pasillo. Pero, una vez controlado, todos pasaban de largo. Nadie construye su morada en un desfiladero, así que los conquistadores dejaban algunas antorchas tras de sí para iluminar al peregrino y purificar al lugareño, y luego seguían adelante con su conquista.

28 julio 2017

Pregunta trampa: ¿Para qué sirve la literatura?

No hace mucho, después de la última sesión de un taller de escritura, surgió en el bar donde profesora y alumnos tomábamos unos botellines el tema de la utilidad de la literatura. Para ser precisos, el tema de para qué sirve la literatura. No profundizamos mucho, sólo pusimos sobre la mesa dos puntos de vista encontrados: alguien defendió que la literatura sirve para algo (elevar el espíritu, entretener, consolar, desahogar al personal, arrancar una sonrisa, qué sé yo) y alguien sostenía que la literatura no sirve para nada. Me tocó a mí en suerte defender esta última tesis. Claro que al decir que la literatura no sirve para nada mi intención no era denigrarla, sino, muy al contrario, hacerle un enorme cumplido. Suele olvidarse que cuando se habla de “la utilidad de la literatura” se están manejando al menos dos conceptos: el de literatura, desde luego, pero también el de utilidad. El culto a la utilidad, omnipresente, obligatorio, incuestionable, sobrevolaba el techo del bar aquella soleada tarde de junio con la misma autoridad con que el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas en el principio de los tiempos.

06 julio 2017

El día más largo. Capítulo 1

Publico aquí el primer capítulo de El día más largo, la novela que estoy escribiendo ahora. En principio preveo que se divida en cuatro partes: La primera vez que te viDespués de ti, la paredVacaciones sin música y Soy tuyo’. En los días y meses sucesivos iré publicando aquí los capítulos siguientes. Con los comentarios a éste y a los sucesivos capítulos que me parezcan convincentes, iré modificando el texto para darle una forma lo más adecuada y eficaz que me sea posible. Gracias de antemano por vuestra ayuda. Un abrazo.

28 junio 2017

Jean Jacques Rousseau, escritor

El 28 de junio de 1712, hace 305 años, nació en Ginebra Jean Jacques Rousseau. Murió sesenta y seis años después en Francia, donde había hecho casi toda su carrera como publicista. Su figura como filósofo, pedagogo y teórico del pensamiento político está lo bastante reputada como para que sea necesario entrar en muchos detalles. La dimensión literaria de Rousseau, en cambio, aunque reconocida, no ha sido suficientemente valorada. Sí la influencia de su creación, que anticipó el Romanticismo, pero no tanto la calidad de su prosa por sí sola, al margen de toda otra consideración.
Es verdad que Rousseau cultivó sobre todo el ensayo, pero fue un tipo de ensayo en general muy sui generis, con un estilo que echa mano de los recursos de la literatura creativa, incluso de la ficción cuando quiere ejemplificar; y, sobre todo en la última parte de su vida, se convirtió en un escritor confesional. La literatura confesional no era novedosa, desde luego, pero la cruda sinceridad y la falta de clemencia con las propias miserias de que Rousseau hizo alarde sí fue toda una novedad, y después de sus Confesiones o de sus Ensoñaciones apenas si se ha visto algo semejante en otros autores.

26 junio 2017

Max Stirner: ‘El Único’

El 26 de junio de 1856, hace ciento sesenta y un años, murió Max Stirner. Había nacido cincuenta años antes en Baviera. Sólo escribió un libro, El Único y su propiedad, publicado en 1844 en Leipzig, al que los censores dejaron entrar en imprenta porque consideraron la obra «demasiado absurda como para ser peligrosa». El Único es uno de los fundamentos del anarquismo individualista y, más allá, anticipa el pensamiento de Nietzsche. Albert Camus, que también debe mucho de su filosofía del absurdo a El Único, dijo que «Stirner se ríe en su callejón sin salida, mientras que Nietzsche se da de cabezazos contra las paredes». Efectivamente, Stirner proclama alegremente que ha basado su causa en Nada, que no considera que nada esté por encima de él, que no reconoce ninguna ley ni principio ajeno a sí: proclama su Egoísmo y rechaza todas las ideas eternas, religiosas o laicas, filosóficas o políticas. Se declara enemigo público número uno de lo que considera la condensación de todas las abstracciones emancipadas de los cerebros humanos: el Estado.

29 mayo 2017

Vicentito va a casarse (relato)

Escribí este relato hace poco e inmediatamente lo leí en un taller de escritura de una de las bibliotecas de la Comunidad de Madrid. Mereció rechazos y elogios, unos y otros sin base razonable. Me encanta. Cuando un texto provoca rechazos y elogios sin que los argumentos vengan a estorbar a las sensaciones —incluso en un taller de la Comunidad de Madrid—, lleva dentro el núcleo: la literatura.

Vicentito va a casarse. Tendré que hacerle un regalo. Yupi.
Llega el metro. De aquí a Legazpi, cuarto menguante. En la imprenta acaban de sacar el Emilio de Rousseau, la estafa del siglo de las Luces. Vicente me lo ha pedido, y se lo llevo en una bolsa mugrienta.
Esa señora aplastada por cuatro párpados me deja su asiento. Estiro las piernas. La cartera. ¿Cuánto dinero…? Veinte pavos. De propina, esta foto con Emilia, con su cara pegada a la mía en Segovia. ¿Por qué traje esta foto? ¿Por qué no la rompo? Hace un mes dejé a Emilia después de tres años de Segovia. Ciudad llena de piedras vistosas y personas muertas de aburrimiento. En la imagen aparecemos frente a la estatua a Juan Bravo, el último segoviano que se lo pasó bien.

26 marzo 2017

El español, lengua resbaladiza

A veces digo que el español es un idioma que me suena mal porque es el único que se me ha impuesto. Bromas aparte, es una lengua literaria, rica, eufónica… y absurda. Esto último no tiene por qué ser perjudicial para la poesía o la ficción —de hecho muy probablemente las favorece—, pero estorba mucho el pensamiento lógico. No creo que la escasez de número y talla de filósofos, matemáticos, científicos e incluso músicos en el mundo hispanoparlante se deba a ninguna carencia genética o medioambiental, por ejemplo; con toda probabilidad se debe a la lengua, que determina la forma de pensar y el orden o el desorden del pensamiento.
Una lengua en la que para emitir el mensaje de que “hay nada” se dice que “no hay nada” tiene un serio problema con la lógica y por tanto limita el pensamiento lógico de sus hablantes. Basta alterar el orden del absurdo “no hay nada” para darse cuenta de la aberración: el resultado del hipérbaton no sería “nada no hay”, sino —supongo que como concesión a la lógica— “nada hay”. Los anglófonos tienen esto muy claro: There is nothing. Hay nada. ¿Qué hay? Nada. Hay nada, no hay algo, no hay cosa alguna.
Lo mismo se puede aplicar al absurdo “no hay nadie” cuando en realidad lo que hay es nadie, nadie hay. There is nobody. ¿Quién hay? Nadie. Hay nadie, no hay alguien, no hay persona alguna.
Otro ejemplo de enunciado insensato en castellano es el manoseado “Más que nunca”. Si algo es más necesario (o más blanco, o más puntiagudo) que nunca no se está diciendo realmente nada (en realidad se está diciendo nada, pero ciñámonos a las normas por poco que nos convenzan). “La democracia está más fuerte que nunca”, se dice, cuando lo que se quiere decir es que está más fuerte que en todos los momentos anteriores y quién sabe si posteriores. Se quiere decir, pues, lo contrario de nunca: siempre. “La democracia está más fuerte que siempre”. Más que siempre, no más que nunca, un disparate sin sentido. Una vez más, los anglófonos y su lengua ordenada nos ilustran: More than ever. Democracy is stronger than ever.

20 marzo 2017

Por qué escribimos lo que escribimos y no otra cosa

Hay muchos móviles para escribir, tantos como autores y momentos. Puedes querer matar a tu padre, vengarte de tu ex, humillar a tu jefe, declarar tu amor a una vecina, volar, viajar, huir, arreglar el mundo o destruirlo. Luego, lo pretendas o no, cuando tu escritura merece la pena, lleva eso que puede llamarse un mensaje más o menos general, más o menos trascendente, sea la denuncia de la miseria de tu barrio o la exaltación de la grandeza de tu especie.
Pero, mensajes aparte, la idea primigenia, la que te hace levantarte del sofá y ponerte a la mesa rotulador en ristre sobre blanco y temible folio, suele ser más pedestre, o si se quiere más real, menos elevada que la que apunta el mensaje. Umberto Eco, por ejemplo, dijo que escribió El nombre de la rosa porque “tenía ganas de envenenar a un monje”. Carmen Posadas tampoco oculta que escribió Cinco moscas azules para saldar cuentas con Pedro J. Ramírez por lo que ella considera el trato injusto que su marido, Mariano Rubio, recibió por parte del director de El Mundo.
Es conocida la anécdota sobre Juan Marsé y su novela Últimas tardes con Teresa. Poco después de su publicación, una estudiante universitaria fue a entrevistarse con él. Ella y un grupo de compañeros suyos habían hecho un trabajo sobre la obra y habían llegado a la conclusión de que Marsé había querido hacer un “ajuste con la burguesía” con su novela. Él le dijo que no, que nada de eso, y ella insistió una y otra vez: que quizá él no se había dado cuenta, pero que Últimas tardes con Teresa era una ajuste con la burguesía. Y tanto insistió que Marsé, ya un poco harto, le reveló lo que de verdad le había movido a escribir su obra: “Mira, nena —le dijo—, te voy a explicar qué me inspiró Últimas tardes con Teresa. Yo siempre me he querido follar a una chica rubia y con los ojos azules como tú, pero como soy feo no he podido nunca. Para mí la novela ha sido una forma de embellecer mi mundo, y he creado ese personaje, que podrías ser tú. Si hubiera tenido la oportunidad de follarte a ti en vez de escribir Últimas tardes con Teresa, no la habría escrito”.

18 marzo 2017

Un taller de escritura a trompa talega

Acaba de terminar un taller de escritura creativa verdaderamente desconcertante. Uno de las bibliotecas regionales, breve, masificado y gratuito. Cuatro características que no permiten ponerse muy exigente, es cierto. Pero sí un poco. Un mínimo. Y este taller no ha dado la talla, valga el juego de palabras; no ha llegado al mínimo exigible. Decepcionante.
Por fortuna se trata de una excepción. Lo normal es que los profesores y sobre todo profesoras (son más numerosas) de los talleres públicos a los que asisto como alumno actúen con profesionalidad, competencia e incluso más celo del esperable dadas las circunstancias. Por eso llama la atención la desorganización y la ineficacia de este taller en concreto. Se ha impartido en un barrio burgués, o como mínimo acomodado, del norte de Madrid. Quizá el profe tenía prejuicios de clase inversos. No lo sé, pero sería un error, entre otras cosas porque muchos alumnos asisten a estos talleres, se impartan donde se impartan, incluso lejos de sus domicilios, por su falta de recursos económicos. Pero nunca se sabe lo que mueve a las personas a no actuar como no actúan.

03 marzo 2017

La Ley del 5 × 2 (relato)

Me dedico a seguir niñas. De día, cuando las acompañan sus padres. Para protegerlas. Nunca se sabe cuándo va a haber que aplicar la Ley del 5 × 2.
Ayer, por ejemplo. Esperaba en el banco para hacer un ingreso. Delante de mí había un tipo haciendo una gestión en ventanilla. Era mi día libre, pero llevaba material. El tipo sujetaba a una niña que apenas llegaba a la altura de la papelera y que me daba la espalda. Su abriguito claro me recordó a uno que yo había tenido de pequeña. Percibí el pensamiento de la niña. Supe que tenía “cuatro años” y que no sabía lo que es “cuatro”, y mucho menos lo que significa “años”. Percibí que el tipo que la sujetaba era su padre. Luego había un abismo. Me sentí algo mareada. Enseguida me recuperé.
—Levanta la cara —le dijo el padre a la hija—. Di adiós.
La cajera le tendió un caramelo y la niña se echó atrás. El padre tiró de su hija hasta la salida. La cajera se dispuso a atenderme, pero le hice un gesto de espera.
—Di gracias, buenos días, algo; no bajes la cabeza, habla con la gente… —le decía el padre a la niña mientras empujaba la puerta.
—Si reclaman mi ingreso, por favor, diles que tengo un caso de la Ley del 5 × 2 —le dije a la cajera. Asintió.

23 febrero 2017

La torre de Blablá (relato)

La torre de Blablá estaba llena de intelectuales. No cabía una cerilla. Intelectuales progresistas, conservadores, ponderados, moderados, patilludos, con lentes en las caras, con pipas en las bocas. Barbados, gruesos, calvos, melenudos, circunspectos, conspicuos. Todos esos intelectuales eran escritores. A los músicos, por ejemplo, no se les consideraba intelectuales-intelectuales, ni a los arquitectos, ni a los escultores. No tenían sitio en la torre; eran como mucho artistas callejeros. Los intelectuales eran los que escribían. Los que dejaban constancia en letra perenne de lo que está bien, lo que está mal, qué hacer o qué decir y cuándo. Fruncían la frente al unísono ante el paso de una mosca, llevaban siglos ensayándolo. Los intelectuales eran publicistas en general, consagrados y encastrados: novelistas, cuentistas, pero también periodistas, economistas, abogados, médicos, profesores, políticos, hasta militares, siempre que escribieran o les escribieran y publicaran artículos, manuales, tesis, estudios, novelas, tratados.
La torre de Blablá estaba en medio de un páramo donde la gente no habitaba, sólo pasaba muy apresurada durante el día. Por la noche aquel solar estaba desierto.
La torre de Blablá no llegaba al cielo. Hacía al menos un siglo que no crecía a lo alto. Las obras se habían abandonado. La ley canónica dictó que no podía crecer más hacia arriba, pero sus paredes cedían poco a poco a lo ancho a medida que entraban más y más señores de las letras. Podía reventar; todos lo sabían, pero no parecía importarles. Los intelectuales se amontonaban en el piso superior, que visto desde fuera abultaba orondo como un capón cebado. Llegó un momento en el que ya casi no cabían. Los pisos bajos, once plantas, estaban vacíos. Allí corrían ratones y cucarachas. Lagartijas, serpientes, murciélagos. Hacía décadas que los del piso superior habían dejado de atreverse a bajar. Cuando alguno de ellos moría, lo dejaban caer por el hueco de la escalera. Una escalera que se desmenuzaba, herrumbrosa.
Hace unas semanas tomaron té con aguardiente sentados en sus sillones de orejas.
—Bla, bla, bla —dijo uno.
—Muy bien dicho, maestro —jaleó otro.
—Bla, ble, bli, blo, blu —contestó un tipo con la corbata manchada de mostaza.

22 febrero 2017

Cómo quedarse hueco y flotar. Manual de instrucciones (relato)

Precaución: Al nacer te enchufan al lleno, por favor. Pero la vida plena no produce sino estreñimiento, el estómago se llena de valores sin digerir. Así que desenrosca la tapa lentamente y vacía toda esa mierda. Toda. Así. Ahora saca las piedras de los bolsillos. Es fácil. Al final sácate las vísceras una a una y plántalas sobre el mostrador. Véndelas si es que alguien las quiere, y con lo que obtengas compra un cucharón y sigue rebañando tu mundo interior hasta quedarte hueco. Verás cómo asciendes a la superficie. Vas a flotar.
Mientras subes, cuidado con los cambios de presión y de luz. El fondo del abismo oceánico está lleno de gente que ha profundizado tanto gracias a sus zapatos de cemento o a sus vigas atadas al cuello. Ahí abajo la presión y la oscuridad son aplastantes. Asciende con cautela.
Despréndete de los desechos poco a poco. Primero las certezas: esto, aquello, lo natural. Luego las palabras: intolerable, vajilla, Orense. Luego las creencias: budismo, ludismo, nudismo. Las opiniones son ligeras: blando, claro, asesino. Las mentiras lo penúltimo: mastarde, novoyamatarte, esportubién. Lo último las verdades: te amo, tengo hambre, me duele aquí. Las consignas se disuelven solas: pasen por caja, vamos a cerrar.

21 febrero 2017

El órdago de Dolores (relato)

Don Jacinto pulsó el botón del ascensor. Iba a bajar la basura. Observó la cuña iluminada en uve del piloto. La caja de acero se detuvo, el piloto permaneció encendido y la puerta se abrió ante don Jacinto. Se encontró con la nueva vecina, la jovencita de la vigésima planta. Se repasó la barbilla con los dedos de la mano derecha y pronunció un buenos días, correspondido por un buenas que le dio pie a seguir avanzando:

—Usted es nueva en el bloque, ¿no es así?
La vecina fue respondiendo a las preguntas de don Jacinto con un tono de inocencia precisa. Don Jacinto averiguó así que su gracia era Dolores. Pero la característica de aquella muchacha que más le llamó la atención fue que estaba tremenda. Reventona. Sus pechos presionaban su camisa a cuadros poniendo a prueba la resistencia de botones y ojales. Sus largos cabellos guardaban negligentes los pómulos abultados, los labios entreabiertos y el cuello desnudo. Sus vaqueros ceñidos marcaban formas y anunciaban fondos. Su trasero, atisbado en algún movimiento involuntario, era rotundo, mortal. Don Jacinto puso la bolsa de basura a su espalda.
—Espero que no considere un atrevimiento excesivo que este anciano caballero se tome la libertad de convidarla a un café con tostadas —dijo.
—No sé si dedo —dijo ella, y enseguida rectificó con una suave risita y un hipito gracioso—… Perdón, quería decir que no sé si debo.
El ascensor se detuvo entre dos pisos. Dio una sacudida brusca un poco antes de quedarse estático y la joven tuvo que apoyarse un momento en el brazo de don Jacinto. Se disculpó. La penumbra se vio amortiguada por las tenues luces de seguridad.

13 febrero 2017

Según para quién escribas, así sale

Parece evidente: no es lo mismo escribir literatura infantil que género negro, literatura erótica que folletín, ciencia ficción que novela histórica. El género literario que escoges determina el lector al que te diriges y por tanto el lenguaje que usas, los recursos que manejas, la mayor o menor audacia que te permites, etcétera.
Pero no quiero hablar de la obra publicada sino del paso necesariamente previo: de la obra escrita. Recién escrita e inédita. Al margen por completo del género, o mejor si carece de género, si se trata de una obra —larga o corta, es igual— de ésas que se llaman “literarias”. (Por cierto: notable género literario el que las editoriales catalogan como “literario”).
Hablo de lo que ahora se llama con poca fortuna beta reader para entendernos (?). Mejor llamarlo lector previo o primer lector. El primer lector, al que muestras tu manuscrito, sea poema, relato, capítulo de novela o lo que sea, a medida que vas escribiendo, antes de pensar siquiera en publicarlo. Generalmente un amigo, un familiar o preferiblemente un lector “laico” que no tenga nada personal que reprocharte o agradecerte y, si es posible, que apenas te conozca. Es incluso recomendable que ese primer lector de tu obra inédita no tenga demasiados conocimientos de teoría literaria. Sí gusto por la lectura, desde luego, pero no por el mundo —o más bien mundillo— de las pretendidas o pretenciosas superestructuras literarias.

28 enero 2017

A mi Señor Don Quijote…

… de su Dama aún encantada Dulcinea, con algunas noticias y deseos de verlo y de otra naturaleza, y con la mención de un sueño que me causa inquietud, y desasosiego (carta)


Esforzado caballero: sólo unas líneas para comunicaros que el hechizo o encantamiento que venís en ver en mí va mejorando día a día gracias a vuestros desinteresados y verdaderos afanes, aunque sea a costa de los lomos del bueno de Sancho, que sin tener arte ni parte en vuestra locura o sinrazón, conviene en prestarse a seguiros en las andanzas y en las ocurrencias, sin chistar ni poner mala cara a cuanto de él solicitáis. Conviene que le deis buenas y jugosas conversaciones con las que cultivar la famosa y ya probada fidelidad que os profesa, que nunca por mucho trigo fue mal año, y más vale engrasar de tanto en tanto la puerta de la jaula del pájaro que nos trina que no dejarla caer de puro herrumbrosa.

27 enero 2017

Aquellos huevos fritos (relato)

En mi casa todos los días se desayunaba, se comía, se merendaba y se cenaba. En medio de las acelgas, de los trozos de pollo llenos de huesos y de cartílagos, de la sopa sosa e indiferente, de las alcachofas con enormes hojas duras, de las judías verdes con las hebras al acecho, en medio de aquella selva hostil, de vez en cuando, surgía la promesa de los huevos fritos. Era una promesa de alegría, de satisfacción gratuita. El placer era algo raro entre los dientes. Hasta el desayuno, en régimen de libertad condicional, y la merienda, con libertad plena, ceremonias extrañas que escapaban a la vigilancia y daban una ilusión de placer por el hecho de que, como mucho, no había que sortear más que alguna corteza de queso o alguna tirilla de las rodajas de embutido, no eran comidas de verdad, no alimentaban, sólo eran rutinas empañadas por el pan aburrido con mantequilla aburrida y azúcar aburrida. Los desayunos y las meriendas no eran hostiles, pero eran aburridos.

26 enero 2017

‘Silvia’ de Gérard de Nerval

Hay quien dice que todas las novelas son policiacas, en el sentido de que aspiran a crear suspense o porque siempre tienen algo oculto que descubrir a lo largo de sus páginas. Puede que sí, pero en el plano formal. En el contenido, como ya he dicho aquí en alguna ocasión, creo más bien que todas las novelas son historias de amor. Ya sabemos que fondo y forma van unidos en la literatura. Pero el móvil del crimen, la investigación o el suspense siempre están al servicio de la emoción y, por encima de todo, de la emoción suprema: el amor.
El amor, que no es unívoco. En realidad cada autor nos habla de su amor, no del Amor. No sé qué es el Amor, sé qué es mi amor, y sé que una novela tiene calidad cuando el autor, sin conocerme, quizá —muy probablemente— sin pretenderlo, está hablando de mi amor. Es entonces cuando ocurre ese fenómeno insólito de tener la sensación, no de estar leyendo la novela que tenemos entre manos, sino de estar escribiéndola.
Silvia, de Gérard de Nerval, es la historia extraña de un amor extraño. Todos los amores son extraños, pero el amor de Gérard de Nerval en Silvia lo es aún más. Es único. No hay emociones generales, todas son particulares. Además de ser un sentimiento particular, el amor es único. Los intentos de hacer una sinopsis o un resumen de Silvia —o incluso un comentario— siempre fracasan, se embrollan, se desdibujan. Como este comentario. Porque Silvia es la historia de amor del lector.
La novela es breve. Su carácter único evoca incluso expresamente a La Nueva Eloísa de Rousseau, otra de esas novelas que parecen escritas sólo para nosotros, sólo para mostrarnos nuestras emociones. Nerval rinde un repetido homenaje a Rousseau —y en particular a La Nueva Eloísa— en las páginas de Silvia.

04 enero 2017

Camus en el tranvía de Argel

«No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida es digna o indigna de ser vivida es responder a la pregunta fundamental de la filosofía. (…) Si me pregunto en qué puedo basarme para juzgar si tal cuestión es más apremiante que tal otra, respondo que en los actos a los que obligue. Nunca vi morir a nadie por el argumento ontológico. Galileo, que defendía una verdad científica importante, abjuró de ella con la mayor facilidad del mundo cuando puso su vida en peligro. En cierto sentido hizo bien. (…) Es profundamente indiferente saber cuál gira alrededor del otro, si la Tierra o el Sol. (…) En cambio, veo que muchas personas mueren porque estiman que la vida no merece ser vivida». Con estas palabras comienza El mito de Sísifo, ensayo escrito por Camus en 1942.

Albert Camus nació el 7 de noviembre de 1913 en Mondovi (actual Dréan), Argelia, y murió el 4 de enero de 1960, hoy hace 57 años, en un accidente de tráfico. Cuando recibió el Nobel de Literatura en 1957, alguien, en una conferencia, le interrogó acerca de “la justa lucha” del Frente de Liberación Nacional argelino contra la dominación colonial francesa. Harto de la insistencia de aquel sujeto, Camus, que había denunciado la miseria, la tortura y el colonialismo en Argelia pero que se negaba a aceptar más Causa que la de su conciencia, respondió: “En este momento se arrojan bombas contra los tranvías de Argel. Mi madre puede hallarse en uno de esos tranvías. Si eso es la justicia, prefiero a mi madre”. La anécdota quedó registrada como una de esas escenas antológicas, expositivas, sintéticas de la historia de la filosofía: la manzana de Fourier, el caballo de Nietzsche, la madre de Camus. Era la Justicia —con una jota tan mayúscula que llegaba hasta el Monte Olimpo— frente a una anciana analfabeta, una fregona enferma: su madre. La Fantasía Mitológica frente a la carne desvalida viajando en transporte público. La Santa Falacia frente al latido del pecho de una vieja. Hacía al menos quince años que Camus había elegido al escribir los primeros párrafos de El mito de Sísifo. Cambiaba la Justicia y todas las Causas Justas de este mundo por su madre.