19 diciembre 2016

‘Cumbres Borrascosas’: el Mal o la pasión

Georges Bataille dedica el primer capítulo de su ensayo La Literatura y el Mal a Emily Brontë. Nacida el 30 de julio de 1818 y muerta el 19 de diciembre de 1848 en Yorkshire, al norte de Inglaterra, vivió apenas treinta años y escribió una sola novela, Cumbres Borrascosas, publicada poco antes de su muerte. Bataille dice que Brontë «llegó hasta el límite del conocimiento del Mal». Un juicio arriesgado, como todos los juicios de valor. Emily Brontë conoce la dureza, el rigor y la severidad de una familia encabezada por un pastor metodista, es huérfana de madre desde niña y su entorno social está lleno de moral religiosa. Pero también crece en un medio de naturaleza agreste, salvaje, que refleja en su obra. El concepto de Mal es hijo de los valores. La dureza de las circunstancias no encaja en los valores, es contingente. El Mal —sobre todo si se escribe con mayúscula— pretende trascender y, sencillamente, no lo consigue.
La novela de Emily Brontë, dice Bataille, es «una obra maestra», «uno de los libros más hermosos de la literatura de todos los tiempos; quizá la más bella, la más profundamente violenta de las historias de amor». Sin duda. Y, sin embargo, está llena de destrucción, de crueldad, de desesperación, de alusiones demoníacas al sepulcro y a la muerte. La belleza, la profundidad y la violencia de esta historia de amor reside precisamente en que es dura, amarga, diabólica. Pero incluso todo eso es lo externo. El interior, la esencia, es sublime: la pasión amorosa entre Cathy y Heathcliff. La dureza y la amargura quedan eclipsadas por la pasión o, por decirlo más precisamente, están a su servicio.
Bataille identifica Mal con crueldad y con sadismo. Por eso suele identificarse a Heathcliff con el mal. Pero el bien y el mal no significan nada para Heathcliff. Sólo es cruel porque se le ha tratado con crueldad. Eso es circunstancial. «La literatura es lo esencial o no es nada», según Bataille. Lo esencial para Heathcliff es Cathy. Eso es todo. Perdida Cathy, primero arrancada de su lado por la sociedad y luego por la muerte, aún se aferra a ella. Heathcliff no es el Mal, sino el deseo. O, si se prefiere, la pasión. Encarnar el Mal presupone voluntad de hacerlo. Heathcliff no quiere hacer el mal, pese a todas las apariencias. Es cruel, pero no sabe que eso sea malo; ni siquiera le importa. Además, su móvil es el amor, algo que la moral cataloga como sinónimo de Bien.
Bataille llega a decir que Emily Brontë sólo se detiene a un paso de Sade. Identifica a Heathcliff con el sadismo, dando a esta palabra la acepción de crueldad gratuita. Pero la crueldad nunca es gratuita. Nada en el mundo es gratuito, nada surge de la nada. Y la crueldad de Heathcliff, desde luego, no nace por generación espontánea; surge de la crueldad y del resentimiento. Y, en todo caso, no es esencial.
Cumbres Borrascosas es una obra profundamente anticlerical y, más allá, antirreligiosa. También se lleva por delante los prejuicios de clase. Dado que la única moral conocida por Emily Brontë era teológica y clasista, puede decirse que Cumbres Borrascosas es una obra amoral. Da rienda suelta a la naturaleza sin trabas, sin cercados; la naturaleza externa del paisaje firme como la roca y la interna de la alegría de la infancia y la adolescencia frente al encierro de las habitaciones y los establos, en los que todo lo emponzoña la moral, la autoridad y las convenciones del mundo adulto. No por casualidad Joseph, uno de los personajes más crueles de la novela, es un viejo beato y servil.
La relación amorosa entre Cathy y Heathcliff se genera y arraiga hasta la médula en la infancia y en el exterior salvaje. Infancia, naturaleza, libertad: los niños no reconocen como propia la moral, se rebelan, la evitan, se burlan de ella con sus juegos y sus aventuras, con su misma existencia. Pese a los golpes y las humillaciones que sufre de Hindley y de Joseph, Heathcliff es feliz porque tiene a Cathy. Desprecia todo lo demás. En el incidente que desencadena la tragedia, Heathcliff se lo cuenta a Nelly, la narradora:
«¡No cambiaría la vida que hace Edgar Linton en la Granja de los Tordos por la que hago yo aquí, ni aunque me diesen la satisfacción de poder tirar a Joseph desde lo alto del tejado y de pintar la fachada de la casa con la sangre de Hindley!».
Y un poco más adelante:
«Yo llevaba a Cathy de la mano y le decía que se apresurase, cuando de pronto cayó al suelo. “¡Corre, Heathcliff! —me dijo—. Han soltado el perro y me ha agarrado”. El animal la había cogido por el tobillo, Nelly. Le oí gruñir. Cathy no gritó. Le habría parecido despreciable gritar aunque se hubiese visto entre los cuernos de un toro bravo. Pero yo sí grité. Lancé tantas maldiciones que habrían bastado para pulverizar a todos los diablos del Infierno. Luego cogí una piedra y la metí en la boca del animal, tratando de introducírsela en la garganta».
El perro de la casa de los Linton atrapa a Cathy, la deja inconsciente, la arrastra con sus mandíbulas a una vida artificiosa y la arranca provisionalmente de la naturaleza. Y de Heathcliff.
La infancia y la adolescencia dan paso a la juventud y a la madurez. Pero la pasión ha hundido sus raíces sin remedio. Los jóvenes y los adultos se adaptan o, al menos, conviven con el entorno moral, pero esas raíces pasionales no pueden arrancarse, ni siquiera con la muerte.
Heathcliff se lleva la peor parte, al menos al principio. Cree que ha perdido su paraíso, Cathy, y toda su motivación es tratar de recuperarlo. Su venganza contra los que le maltrataron de niño es una especie de sucedáneo. Pero Cathy, pese a haberse acomodado en apariencia a un matrimonio conveniente con Edgar Linton, siente la misma pasión hacia Heathcliff. Le dice a Nelly: «Todos los Linton de este mundo pueden hacerse pedazos antes de que yo acceda a renunciar a Heathcliff». Y luego llega hasta el extremo de exclamar: «¡Nelly, yo soy Heathcliff!». Lo cual no es una manifestación abnegada ni posesiva: expresa una comunión. No hay ningún valor moral en ello. Es un hecho. Cathy, que no es una santa, sabe perfectamente que Heathcliff tampoco lo es. Cuando su cuñada Isabella Linton pretende a Heathcliff, Cathy le dice:
«Heathcliff es un ser indómito, sin cultura, sin refinamiento, un campo árido cubierto de abrojos y de pedernal. Escucha: no te figures que oculta tesoros de bondad y ternura bajo una apariencia hosca. No imagines que es un diamante en bruto o la ostra que contiene una perla, no. Es un hombre implacable y feroz como un loco. Yo jamás le digo que deje tranquilos a éste o a aquél de sus enemigos en nombre del daño que podrá causarles, sino en nombre de mi voluntad».
Heathcliff se ha mantenido fiel a su infancia: sigue despreciando los valores morales, los sigue desconociendo. Sólo tiene una moral: Cathy. Al no poder recuperarla, se rebela contra todo y contra todos, lleno de rabia. Como dice Camus en la primera página de El hombre rebelde, «Heathcliff, en Cumbres Borrascosas, mataría a la tierra entera para poseer a Cathy, pero no se le ocurriría decir que ese crimen es razonable o que está justificado por un sistema. Lo llevaría a cabo, en lo que se resume toda su creencia. Ello supone la fuerza del amor, y el carácter». Razonar una pasión es tan inútil como querer pesarla o medirla. Tratar de encorsetar la emoción en la moral vale tanto como tratar de encerrarla en una caja fuerte para irla administrando con espíritu de contable.
Cathy, que ha traicionado a su infancia, libra una lucha interna entre la comodidad de su vida junto a Edgar Linton y su pasión por Heathcliff. La pasión vence en esa lucha, claro, y acaba con ella. Moribunda, culpa a Heathcliff cara a cara de haberla matado. Con la muerte de Cathy, consumida por su pasión frustrada, Heathcliff pierde el último resto de apego a las convenciones que le pudiera quedar. Tras enterarse de que Cathy finalmente ha muerto, Heathcliff se desata e invoca ante Nelly al espectro de la persona amada:
«¡Ojalá despierte entre mil tormentas! ¡Catherine Earnshaw, que no encuentres el reposo mientras yo viva! Dijiste que yo te maté, así que persígueme. ¡Pero no me dejes solo en este abismo en el que no te encuentro! ¡Dios, es indescriptible! ¡No puedo vivir sin mi vida! ¡No puedo vivir sin mi alma!».
Heathcliff se ha enriquecido y ha completado la venganza contra sus enemigos, pero eso no es nada puesto que Cathy ha muerto. Así que su crueldad pierde todo el sentido de la medida que le daba la voluntad de Cathy. En sus últimos momentos, Heathcliff le dice a Nelly: «El mundo es para mí una horrenda colección de recuerdos diciéndome que ella vivió y que la he perdido».