30 diciembre 2016

Técnica y verdad

Hace unos días, en un memorable taller de escritura que conduce una excelente profesora, me di cuenta una vez más de algo a menudo olvidado por excesivamente sabido: qué es lo prioritario en la literatura. La calidad es la meta, sin duda, y para llegar a ella hay que combinar con delicadeza técnica y verdad. La técnica puede aprenderse y ejercitarse. La verdad no. Se trata de tener o no tener algo que decir y, en caso afirmativo, de decirlo. Algo aparentemente sencillo: ser auténtico. Eso es lo prioritario en la literatura.
Me sorprendí a mí mismo sorprendiéndome de la fuerza, la vida que respiraban por todos los poros del papel tres textos escritos por tres compañeras que tienen mucho que decir y que lo dicen. Sin duda se trataba de textos necesitados —como todos— de un pulido técnico, de reescritura, correcciones y demás. Pero tenían lo primordial, lo prioritario: autenticidad. Rebosaban verdad.
Uno, un relato amable, sencillo, sin artificios; casi una enumeración de hechos. Otro, un cuento inquietante, ambiguo, con sobresaltos. El tercer texto era introspectivo, un monólogo interior digamos que existencial. Y, por alguna razón, se notaba el latido, el pulso de cada autora en cada frase, casi en cada palabra de esos textos breves y dispares. ¿Qué tenían en común? Autenticidad. Tenían algo que contar y lo contaban. Decían porque tenían algo que decir.
La autenticidad no siempre es desgarradora o tremendista o dramática; muy bien puede ser consoladora, suave o agradable. Pero siempre nos señala nuestra fragilidad, nuestro punto débil, y nos hace sentirlo.

19 diciembre 2016

‘Cumbres Borrascosas’: el Mal o la pasión

Georges Bataille dedica el primer capítulo de su ensayo La Literatura y el Mal a Emily Brontë. Nacida el 30 de julio de 1818 y muerta el 19 de diciembre de 1848 en Yorkshire, al norte de Inglaterra, vivió apenas treinta años y escribió una sola novela, Cumbres Borrascosas, publicada poco antes de su muerte. Bataille dice que Brontë «llegó hasta el límite del conocimiento del Mal». Un juicio arriesgado, como todos los juicios de valor. Emily Brontë conoce la dureza, el rigor y la severidad de una familia encabezada por un pastor metodista, es huérfana de madre desde niña y su entorno social está lleno de moral religiosa. Pero también crece en un medio de naturaleza agreste, salvaje, que refleja en su obra. El concepto de Mal es hijo de los valores. La dureza de las circunstancias no encaja en los valores, es contingente. El Mal —sobre todo si se escribe con mayúscula— pretende trascender y, sencillamente, no lo consigue.

04 diciembre 2016

Los límites de la literatura

A la literatura nada humano —ni siquiera inhumano— le es ajeno. Cuando se habla de los límites de su contenido se corre el riesgo de dejar en la puerta aquello que se considera desagradable, malo o inconveniente sin más. Como no hay unanimidad sobre qué es desagradable, malo o inconveniente, más vale que todos los temas puedan entrar. De hecho, no se trata de que sea recomendable: es inevitable. El límite continental de la literatura es el tamaño del papel.
Y ahí cabe todo. El papel, como suele decirse, lo aguanta todo. Aunque, al menos en nuestra cultura, la sexualidad, la pornografía, las perversiones o las violaciones siempre parecen tener que justificar su presencia en el mundo de las letras, como si no bastara su mera existencia en el mundo real. Y, sobre todo, como si escribir ficción sobre unos hechos significara necesariamente legitimarlos.
Sade es un apestado del que se imagina más de lo que se conoce. Nabokov tuvo que pasarse la vida desmintiendo que fuera un pedófilo por haber escrito Lolita. En cambio, nadie le pregunta a Stephen King si tiene inclinaciones criminales psicopáticas. La herencia del dios bíblico, siempre lleno de violencia y vacío de sexo, no parece ajena a esos amagos censores selectivos. No: en literatura no hay temas tabú, ni siquiera el del aburrimiento.
En la cuestión formal, parece claro que hay que evitar o moderar el uso de algunos giros, expresiones, supuestos recursos o descuidos que embotan la transmisión del mensaje literario. Por eficacia, no por imperativo. Eso es la estética o la belleza de una obra literaria: la eficacia en la transmisión. La literatura es forma; la forma de mejor comunicar por escrito. Lo que se quiere comunicar, o quién lo quiere comunicar, queda al margen.

03 diciembre 2016

‘El asco’ de Horacio Castellanos Moya

El asco, subtitulada Thomas Bernhard en San Salvador, es una novela breve que no deja títere con cabeza. Ni siquiera la del narrador último, ese Edgardo Vega al que oímos a través de un narrador-puente identificado con el propio autor, Moya. Es una novela-purgante, o una novela-río, aunque el río sea de vómito. Va de la diarrea a los excrementos pasando por los mocos. Y con esos materiales chuscos, el escritor salvadoreño Horacio Castellanos Moya construye una narración precisa, con una estructura cuidada y un ritmo que no decae en ningún momento. Arranca la carcajada muchas veces, la sonrisa casi todas, pero hay un poso trágico y reflexivo detrás de la fachada cómica. En su perorata, el neurótico y delirante Vega destripa como a un pez muerto la farsa de la Historia, la política, las costumbres y todas las entelequias sangrientas de su país, y las expone a la vista de todos. Podrían ser las de cualquier país en realidad, pero son las del suyo a su pesar. No es extraño que el autor de la novela, Castellanos Moya, recibiera amenazas de muerte cuando publicó El asco. Una novela en la que se echa pestes contra los militares, los exguerrilleros, los políticos, el patriotismo, los próceres de la patria, los empresarios y todo bicho más o menos viviente puede reportarle a su autor el odio de cualquiera de los objetivos de sus contraataques.

02 diciembre 2016

Donatien Alphonse François de Sade

Guillaume Apollinaire definió a Sade como “el espíritu más libre que jamás ha existido”. Desde luego Sade no se detuvo ante ningún abismo; se asomó y por momentos se arrojó a todos los que fue encontrando. Y lo pagó con sus huesos. Veintisiete años de encierro bajo el Antiguo Régimen, el Terror, el Imperio y la Restauración —más de un tercio de su vida— fue el precio de semejante osadía. La osadía de denunciar la moral, a la que consideraba una excrecencia hipócrita teologista, confesa o no; en particular la moral cristiana, denunciada por el marqués como sostenedora y sostenida por todos los sistemas, absolutistas, radicales o moderados.

Ningún sistema opresivo puede privarse de la moral. Ningún sistema opresivo puede sostenerse sólo por la fuerza; necesita apuntalarse proclamando su virtud sin sentirse por ello obligado a practicarla. «Abrid las cárceles o demostrad vuestra virtud», pone Albert Camus retóricamente en boca de Sade. Claro está que ningún Gobierno hizo nunca ni una cosa ni la otra. En cambio todos persiguieron, castigaron y encerraron al marqués de Sade sólo para confirmar y consagrar su propia hipocresía ante el mundo y en el mundo. Saint-Just, frente a Sade, opondría para Camus otra máxima igualmente retórica que fundamenta el totalitarismo: «Demostrad vuestra virtud o entrad en las cárceles».
Sade rompió el espinazo de la moral cristiana en nombre de la naturaleza, y con ello dejó al descubierto los feos intersticios, los repugnantes tendones, los tuétanos, los nervios y las arterias de ese espinazo; saltaron las astillas y los fluidos innobles; lo dejó todo perdido de sangre literaria y eso le convirtió en un maldito. Alguien tenía que hacerlo en su siglo, y sus veintisiete años de encierro le dieron tiempo y motivos sobrados para desear con furia que todo saltara por los aires y para reflejarlo en sus textos. Alguien tenía que hacerlo, pero lo hizo él. El estallido literario que provocó Sade derramó la inmundicia contenida en el cascarón sagrado de la moral, hija de los principios caídos del Cielo sagrado de la Iglesia o del Cielo profano del Poder que tomó su relevo. Sade es odiado o repudiado, no por lo que defendió —él no era un razonador—, sino por lo que denunció. Sade no reconoce límites a la libertad, rechaza que la virtud sea su consecuencia natural, y en sus textos de ficción lleva al extremo sus tesis. En lo literario no tiene freno ni se disculpa por su falta de freno, ésa es su grandeza como escritor. Es verdad que Sade incide en la maldad. Pero veintisiete años de encierro no podían crearle una gran opinión sobre sus contemporáneos ni sobre el dios que su educación le había impuesto.