25 noviembre 2016

Yo, escritor (carta)

Madrid, 20 de noviembre de 2016.
Queridas Silvia y Joaquina:
Perdonad que haya dejado pasar tanto tiempo sin escribiros. He pensado en vosotras todos los días al menos un instante. En las dos. Cada una de vosotras es única para mí, pero no puedo evitar asociaros la una a la otra en mi memoria y mi imaginación. Por eso os escribo esta carta a las dos, pese a que tú, Silvia, vives en Madrid y tú, Joaquina, en Barcelona. Escribo dos copias con el rotulador rojo que te dejaste en mi escritorio, Silvia; en las cuartillas de papel verjurado que tú olvidaste en casa hace dos años, Joaquina.
Quiero saber de ti, Silvia. Joaquina al menos sigue casada con Pedro, pero tú… Dime que sigues limpia, por favor; que no has vuelto a probar la heroína. Justo hoy se cumplen seis años del entierro de tu padre, al que tanto querías y al que yo también quería muchísimo. Le recuerdo y, de alguna manera, también le considero mi padre. Cuando te vi en el entierro no quise detenerme demasiado a charlar contigo. Estabas muy afectada y preferí dejarte con los miembros de tu familia que te han podido ayudar; con tu hermana Mabel y su marido, y con tu tía Marina. Por favor, si sigues en contacto con ellos envíales todo mi cariño.

24 noviembre 2016

La que camina hacia la guerra (relato)

Cyndi lleva el carrito de la compra hasta la caja. Es temprano, fuera del hipermercado hace sol y ese día se ha puesto un chándal. La cajera rubia, gruesa, pasa los productos por el escáner que registra los precios. Cyndi la conoce desde hace años.
—¿Qué te pasa, Pili? —le pregunta Cyndi mientras inclina la cara hacia la chica casi hasta tocarla con la nariz—. ¿Estás triste?
—No, qué va.
—¿De verdad? —insiste Cyndi—. Te veo mala cara. ¿No te pasa nada? ¿Eh?
—No; es que es muy temprano y ya se sabe, estaba mejor antes.
—¿Antes de qué?
—Antes de que sonara el despertador.
—Pero ¿no has arreglado el problema con tu marido? ¿Sigue…?
—Sí. Está arreglado, Cyndi. Gracias. Son siete con treinta y dos, por favor.
Cyndi tuerce la boca y se pasa la mano por la cara aunque no suda. Se inclina para contar las monedas y las deja junto a Pili, que ya atiende a otro cliente. Un montón de calderilla sobada, los céntimos son casi negros. Pili recoge las monedas y las arroja a los compartimentos de la caja. Le da los buenos días al nuevo cliente con una sonrisa. Es un tipo enorme que se pone a descargar cartones de vino y paquetes de galletas en la cinta. Uno de los paquetes se desliza hasta Cyndi. Ella lo aparta. Se apresura a meter su compra en una bolsa, deja el carrito aparcado y sale a la calle sin decir nada. La bolsa no le pesa demasiado.
Recibe un whatsapp: “Sindi, ¿vienes esta tarde al cumple de la prima Rosa?”. Deja la bolsa en el suelo y siente una punzada en el costado izquierdo. “No puedo. No me llames Sindi, coña, sino Cyndi, como Cyndi Lauper”.

09 noviembre 2016

El secreto del Universo (relato)

Peter aparcó el coche en la cuneta de aquel pueblo en medio del desierto. Había tardado mucho en llegar; las revueltas de las carreteras, la falta de señales y la baja cobertura le habían hecho perderse cinco veces.
Abrió la guantera, sacó el plano y lo desplegó. Ése era el lugar. Apagó el cigarrillo en el cenicero. Una pavesa le hizo un agujerito al plano. Sopló la ceniza y lo guardó. Al fondo de la calle divisó un bar.
—Buenas —dijo—. Un café negro.
El tipo del mostrador entornó los ojos.
—¿Americano?
—Inglés. Soy periodista. Estoy buscando a…
El jefe de Peter le había encargado husmear en un posible caso de ufología. Un pocero había visto un platillo volante por la zona. Podía tratarse de paranoia. Ovni o locura, había que escribir un reportaje y largarse de allí.
—¿…a quién? —preguntó el camarero.
—A… Se va usted a reír. A un platillo volante.
El camarero volvió a entornar los ojos.
—¿Y por qué me iba a reír? Sí; el platillo volante. Ahí vive ahora Clotilde. La echaron de la pensión y entró en el platillo. Mire —dijo, saliendo del mostrador—. Acérquese. ¿Ve la bocacalle que sube hacia la iglesia? Pues por ahí no es: tiene que doblar por el callejón de la valla de alambre, luego atraviesa un terreno de espigas…

03 noviembre 2016

Sigan disparando contra el Cuartel General del sentido común

Durante la “Gran Revolución Cultural Proletaria” (1966-1976), Mao lanzó, entre otras, la consigna de “Disparar contra el Cuartel General” del Partido Comunista. Era una maniobra para mantenerse en el poder tratando de acabar con los burócratas intermedios que amenazaban su hegemonía. Para ello recurrió a la manipulación de los jóvenes guardias rojos a base de alimentar su ímpetu con eslóganes atractivos y en apariencia rompedores.
Desde entonces, de vez en cuando surge la expresión «revolución cultural» para denotar algo muy elevado, tan elevado como un globo voluminoso, vistoso, pero lleno sólo de gas.
Uno de los talleres de escritura en los que participo, uno gratuito de una biblioteca pública, continúa la tradición de la Revolución Cultural. De forma muy disminuida y pedestre, pero nunca hay que infravalorar a ninguna revolución cultural. Herr Professor ha lanzado esta semana la consigna de “Sigan disparando contra el Cuartel General”, en este caso el del sentido común relacionado con las normas de la narrativa.
La semana pasada hablaba en este blog de Talleres literarios y egos; ahora traigo la secuela: Talleres literarios y dar el pego. Herr Professor se ha echado al monte. Herr Professor tiene que dar el pego cuando algún alumno le supera o se le adelanta. Es Herr Professor.