29 octubre 2016

Talleres literarios y egos

Los talleres literarios pueden ser entretenidos, incluso se aprende técnica. Hasta ahí llega su utilidad, y no es poca. Sobre todo si son gratuitos, suelen ser recomendables, porque no se pierde nada y como mínimo puedes pasarlo bien. En ellos he conocido principalmente a profesoras muy estimables, que saben transmitir y que conducen las sesiones con habilidad. Buenas escritoras. El problema viene cuando salen a flote los egos de algunos “profesores” que tienen que justificar su posición ante sí mismos y no pueden permitirse que ningún “alumno” les adelante por la derecha. Que entran en competición con el alumno y pierden de vista la necesaria colaboración. Que escolarizan el taller. La inseguridad que les provoca la pretensión de ser expertos en algo tan resbaladizo como la literatura se les manifiesta en una aparente búsqueda de nuevas teorías o en una exploración de nuevas respuestas que en realidad enmascaran intentos de sentar cátedra a base de inconsistencias. Confunden —algunos, insisto— su papel de coordinadores, si se quiere de animadores o de primus inter pares, con el de maestros.
Nunca he sido muy amigo de las normas, especialmente de las aplicadas a la literatura. Sólo las conozco y las respeto hasta cierto punto, pero cuando me cruzo con ellas trato de cambiar de acera. Las normas en literatura, en concreto en narrativa, no son más que conclusiones siempre provisionales acumuladas a partir de la experiencia previa y vigente. No son sino opiniones con éxito de crítica y público. En narrativa si algo funciona está bien y si no funciona, mal. Se ha dicho mil veces, y aunque se diga otras mil seguirá siendo verdad. Si la narración funciona, bien; si no, mal, se ajuste o no a las normas. Cuando una narración rompe las normas y funciona, las normas cambian. Pero luego está el sentido común. Está bien (o mal, depende de si funciona o no) romper las normas. Romper el sentido común en cambio es más problemático, y los egos sensibles suelen romperlo todo a su paso.

28 octubre 2016

Arte, corrección política y tumbas

El arte tiene sus propias normas. La primera de ellas es no ceñirse a nada. Ni a la opinión ni a las leyes, ni al código penal ni a la vergüenza, ni a la bondad, ni a lo profano, ni a lo sagrado ni al lucero del alba. No ceñirse a nada más que a sí mismo. El arte se alimenta de su propia hambre. De la necesidad del artista; de su necesidad de expresarse como le plazca cuanto le plazca y le pese a quien le pese. Es el placer frente al pesar. Nada es tabú en el arte excepto la estrechez y nada es imperativo excepto la búsqueda y la extensión de la belleza.
Como en la regresía, hay un Index estético en la progresía, variable según la secta y la oportunidad, que dice lo que está bien o mal, lo que es arte proletario o burgués, o, en lenguaje moderno, arte progresista o lo contrario. Lo que se puede o debe leer o escuchar y lo que no. El ejemplo de los chinos prohibiendo a Beethoven en la Revolución cultural, o el de algunos trotskistas europeos que rechazaban el rock porque según ellos expresaba la decadencia burguesa (frente a la música clásica, que habría expresado el ascenso de la burguesía), son ejemplos cogidos a bote pronto de corsés herrumbrosos que pretenden comprimir las mentes de los artistas haciéndose pasar por amables abrazos. Y, de paso, crear degustadores de arte a dieta del plato único que sugiera el líder.

27 octubre 2016

Sylvia Plath y la esencia humana

El 27 de octubre de 1932, hace hoy ochenta y cuatro años, nació en Boston Sylvia Plath. El 11 de febrero de 1963, a los treinta años, acabó con su vida en su apartamento de Londres. Poco antes, ese mismo año de 1963, había publicado bajo seudónimo la novela La campana de cristal. Plath ya era conocida como poeta. La campana de cristal fue su única novela.
No es una obra efectista y eso la hace impactante. Junto con Cumbres borrascosas, El extranjero, Nada y, quizá, El guardián entre el centeno, La campana de cristal no deja una sola gota en el tintero de la emoción. Expone el alma humana. Muchos autores, buenos autores, hablan de la condición humana. Muy pocos, entre los que se cuenta, por ejemplo, Dostoievski y, sin duda, Sylvia Plath, hablan del alma humana. Y cuando se habla del alma humana no se pueden hacer concesiones al pudor, ni tener pelos en la lengua, ni dejar piedra por remover en la cantera de los sentimientos. Porque eso somos fundamentalmente: sentimientos móviles, con algún pensamiento más o menos emboscado, más o menos inútil o más o menos práctico.
Entiendo por condición humana lo que tiene que ver con la existencia de la persona. Y entiendo por alma humana lo que constituye la esencia de la persona: lo que le queda al ser humano cuando el contexto se desenfoca, cuando las circunstancias no son nada o casi nada, porque las emociones las anulan o casi las anulan. La condición humana es lo que le pasa a la persona. El alma humana es la persona. Su esencia, que, al margen de la existencia, por encima o por debajo de ella, duele o complace. En el caso de Plath, dolía. Tanto que se suicidó a los treinta años después de dejarles el desayuno preparado a sus dos niños.

24 octubre 2016

Mi armario (microrrelato)

Mi armario tiene un tacto de cristal por fuera, y por dentro como marrón. No sé por qué identifico un tacto con un color, pero me imagino el marrón como madera sólida, suave, pesada pero fácil de mover; la mano resbala por ella pero sin perder el control; no se escurre, se desliza. Dentro huele a toallas de flores azules. Al tacto parecen blancas porque son mullidas, pero el olor es como de flores intensas, no dulces. Los calcetines están hechos bola en el cajón de abajo. Son de mi talla. Un poco más al fondo están las verdades de talla única que suelo comprar una vez al año en la papelería de la esquina con Pompeya. Tienen aristas, pinchan y cortan si no las tocas con cuidado, y pesan poco. Me dan dos por el precio de una. Por ser ciego.
En la parte superior tengo algo que parece un armazón. Palos curvados como arcos, cortos, largos, paralelos, unidos por una especie de flecha rupestre. Sigo tocando el armazón. Un acordeón articulado oblongo, unos platos extraños y más palos móviles a un lado y a otro. Parece… Sí, estoy seguro, es un esqueleto. Hostias, un cadáver. Vale, pero, ¿y la cabeza? Hay algo, pero no es un cráneo. Está blando, es pequeño, cede a la presión y recupera la forma. Tiene… Sí, unas pequeñas protuberancias duras, como de plástico, con unas pestañitas tupidas. Es la cabeza de un muñeco de goma. Un cadáver con una cabeza postiza, y tan antiguo que ya está desencarnado.
Me gusta mi armario. Sólo tiene toallas, calcetines, dos verdades y un cadáver.

21 octubre 2016

Pasillo (relato)

Pablo me contó que había discutido con Marga. Por una tontería: ella había querido salir esa noche a ver la última peli de Almodóvar y él había presionado para ir a bailar. “Como todos los domingos”, dijo él que había dicho ella. “¿Te aburres?”, le había contestado él. “Qué listo eres”, había dicho ella. “No tanto como tú, la tía más lista de la Facultad; tan lista que no te despegas de mí”. “Me aburres”, había interrumpido Marga, y se había marchado Gran Vía arriba.
—No te preocupes —le dije desde mi cama mientras él desembozaba la suya—. Mañana se le habrá pasado.
—Ya. Pero a mí no.
Apagó la luz. Fuera seguía nevando, se vislumbraba a través de la ventana con la persiana a medio echar. Pero no había ventisca. Era una nieve blanda y abundante, como copos de algodón helado. Aplasté el último cigarrillo de la noche en el cenicero y me di la vuelta. El silencio se fue imponiendo en el pasillo de la residencia masculina. Alguna risa de alguna chica que no debía estar allí, alguna puerta que se cerraba, unos pasos. Luego nada. El rumor de la nevada y el leve sonido que nunca cesa del todo, el sonido del aire en los oídos.
A eso de la una se escucharon unos zapatos de tacón, una voz ronca como de alcohol que al principio no identifiqué, y una puerta demasiado ruidosa para la hora que era.

14 octubre 2016

Todas las novelas son novelas de amor

Hace unos días, en un taller literario alguien preguntó si es verdad, como suele decirse, que sólo hay tres temas a la hora de escribir narrativa: la vida, el amor y la muerte. Sí; sólo ésos, y no son pocos. Claro que la vida es un término muy amplio, como dijo esa persona. También lo son el amor y la muerte aunque parezcan más específicos. Pero, hablando de la vida, dejar entrever si tiene sentido o sinsentido, si es dura o muelle, si es sagrada o engañosa; sugerir eso mediante personajes vivos justifica la narrativa, y en particular la novela.
Hay muchos temas que participan de uno de esos términos, o de dos, o de los tres: amistad, autoridad, infidelidad, relaciones familiares, rabia, odio, celos, exilio, desarraigo, tedio, satisfacción, venganza, etcétera. Pero esos temas, y todos los imaginables, son manifestaciones de alguno de los tres primarios. Vida, amor o muerte, o un cóctel más o menos agitado de entre ellos, es el poso que queda cuando se despeja la incógnita de la trama.
De todos modos, los temas de la vida y de la muerte parecen obvios. Pero ¿por qué el amor? ¿Qué tiene de especial, qué le hace superior al odio o a cualquier otro concepto que se refiera a los sentimientos, hasta el punto de compartir el monopolio de la narrativa con la vida y la muerte?

13 octubre 2016

Malta, gozo y comino (relato)

A la hora de la merienda me dijiste que te ibas a Malta. Al principio no me enteré. Estabas sentada frente a mí en el bordillo de la acera que separaba tu casita blanca de mi bloque, donde acaba el asfalto y empieza el descampado. Partí en dos la enorme onza de chocolate marrón y te di el trozo más grande.

—Me voy a Malta.
Lo dijiste tan bajo y tan flojito que no te escuché. Partí en dos el mendrugo de pan y te di el trozo del currusco.
—¿A dónde? —te pregunté mientras empezaba a masticar el chocolate.
—A Malta. Nos lo dijo mi padre anoche, a la hora de cenar.
—¿Y eso dónde está? ¿Cerca de Leganés?
—No.
Resultó que Malta no estaba cerca de Leganés, ni en la sierra, ni tampoco en Jaén. Me lo fuiste negando con la cabeza mientras hacías migas tu trozo de pan y las dejabas caer sobre tu falda. Roíste un poco las esquinas de tu chocolate echando atrás tus coletas, bajando y subiendo la mirada hacia mí mientras hablabas, con la cara un poco inclinada hacia adelante. Sacudiste las migas. No te ibas de vacaciones. Nunca habías salido de vacaciones en tus diez años de vida. Tu padre iba allí a trabajar. Malta era un país extranjero.

08 octubre 2016

El funeral de los sueños (relato)

Vuelvo a casa por la mañana. Ya clarea, y el camino se hace más largo a cada paso. Llevo un pájaro sujeto a mi muñeca. El pájaro tiene un pico afilado y no pía. Me da un picotazo en la mano y levanta el vuelo. De la herida del picotazo empiezan a salirme hormigas en tropel, se amontonan y caen al suelo como en un reguero. El reguero de hormigas se convierte en ceniza. Voy dejando un rastro grisáceo de hormigas quemadas por mucho que trato de taponar el agujero con un dedo de la otra mano.
Las vecinas de mi barrio me ven llegar, con sus mandiles y sus bolsas de tela, y se ríen de mí a carcajadas. Dicen que voy dejando ese rastro para volver a la discoteca por si olvido el camino.
—Tengo prisa —les digo, subo a mi cuarto, recojo el cuaderno de mi litera, bajo las escaleras, salgo a la calle y corro hasta la escuela.
Llego a clase. Las hormigas-ceniza han dejado de brotar y el agujero de la mano se cierra. Al entrar en el aula me disculpo por llegar tarde y le cuento a la profesora lo que me ha pasado.

06 octubre 2016

El hermano ejemplar (relato)

—¿Q-qué tal? —le pregunta Zebulon el Tartaja a Sam mientras éste se acerca a la barra del Harold’s—. ¿Has sobre-e-vivido a la reunión familiar?
Empieza a oscurecer. Sam se acomoda en un taburete y arquea la espalda, apoyando los codos en el mostrador y las suelas en el reposapiés. Con el meñique derecho se extrae algo de una encía y lo arroja a la papelera, bajo sus zapatos.
—A duras penas —contesta—. Un whisky, por favor… Cualquiera, con tal de que tenga más de doce años… A duras penas, Zeb. Cada reunión familiar me consume al menos un año de vida. Pero ya tengo la herencia en el bote. Se acabó la miseria, chico. Quizá haga un viaje a Florida. Eso de ir dando tumbos de trabajo en trabajo se acaba para mí, al menos durante una temporada. Tómate algo. Invito yo.

05 octubre 2016

Pan y quesito (relato)

Paquito se encontró un gorrión que no podía volar. Una mañana dio la vuelta a la esquina de su casa, bajó la cuesta de tierra de grano grueso y vio al pájaro moviendo el cuerpo asustado en el suelo. Tenía los ojitos cerrados. Paco lo tomó con las dos manos y notó las plumas pardas que latían apresuradas. Se limpió la nariz con la manga y le acarició la coronilla al gorrión con un dedo. Los latidos se hicieron más lentos. En casa se lo enseñó a su hermana mayor, Rosa. Ella le dijo que el pájaro le daba pena, pero que se iba a morir. Paquito notó que iba a hacer pucheros, pero logró contenerse y poner voz de enfado: No se va a morir, dijo. ¿Qué sabes tú?, eres un crío, le dijo Rosa atusándose las coletas. Paquito se fue a su habitación y metió el pájaro en una caja de zapatos, hizo unos agujeros en la tapa con un boli y puso la caja debajo de su cama. Su madre le llamó a cenar. Lávate las manos, le dijo. Paquito se enjabonó bien. En la cocina olía a pollo frito. Qué hambre.

04 octubre 2016

Y, sin embargo, te quiero (relato)

—¿Mamá? —dijo Silvia al descolgar el teléfono—… Sí, sí… Todo va bien, no te preocupes… No; no empieces, por favor.
Era muy temprano, pero ya estaba acostumbrada a las llamadas intempestivas de su madre. Se enredó los dedos con el cable retorcido que unía el aparato negro al auricular. Se sentó en el suelo de terrazo frío. Tenía mucho sueño. Esa noche apenas había dormido. Las ojeras se le habían cronificado. Escuchó en silencio, resoplando levemente, encendió un cigarro y le dio pequeñas caladas, encajando los consejos-imposiciones-lamentos de su madre.
—Pero mamá —logró colar su voz en algún momento—, por favor escucha… Ya, ya sé que es imprudente, que debería ser más responsable, pero es que yo… ¡No, claro que no es creyente! ¿Cómo quieres que sea creyente, si…? Pues claro que no distingue entre el bien y el mal, yo se lo explico, pero ya sabes cómo es. No, no es un cínico, ni un psicópata… Simplemente es… Ya… Pero le quiero, mamá … Sí, más vale que te hagas a la idea: le quiero. Tú también fuiste joven y también sentiste lo que yo siento, y también pasaste por algo así, ¿no?… Pues claro…

03 octubre 2016

Ególatras embusteros admirables

Siempre me ha sorprendido la admiración que provocan los escritores de ficción. Un hatajo de ególatras que se dedican a contar embustes y que, sin embargo, tienen seguidores que los deifican.
Es preciso tener una opinión exageradamente favorable de uno mismo para escribir y pretender, no sólo que te lean, sino que además te paguen por leerte. ¿Y qué estás contando a cambio de dinero y aplauso? Mentiras, cosas que jamás ocurrieron o que ocurrieron de otro modo; deformas la realidad, la dotas de un sentido que no tiene, la manipulas sin reparos. Un escritor es un farsante que no lo oculta, que se vanagloria de su habilidad para embaucar. Quien lo lee lo sabe; sabe que todo es falso, y prefiere que así sea.

02 octubre 2016

Harper Lee

Hace poco supe que Harper Lee había muerto a principios de este año, el 19 de febrero.
Es extraño cómo la noticia de su fallecimiento ha tenido menos repercusión en los medios que la publicación de su segunda novela, Ve y pon un centinela, que aún no he leído.
Me enteré de su muerte por casualidad. Estábamos en un taller literario hablando de los escritores sureños de Estados Unidos y surgió su nombre entre los de Steinbeck, Faulkner, Flannery O'Connor e incluso Truman Capote.
“Y Harper Lee —dije—, una escritora que era sureña; perdón, que es sureña, porque todavía vive”. “No —me dijo el compañero de al lado—, murió hace poco”. Efectivamente, me apresuré a comprobarlo. Murió. Matar un ruiseñor. Toda una vida para escribir una de las mejores novelas del sur.
Descansa en paz, Scout. Te lloramos.

01 octubre 2016

Informe número 1 (microrrelato)

Trabajo de campo. Tipo: conjunto de bloques. Tamaño: grande. Nombre: Madrid.

1) Las personas en Madrid nacen llorando en habitaciones blancas. Viven juntas en pequeños grupos inconexos y jerárquicos hasta que los abandonan y crean otros grupos aún más pequeños, más inconexos y más jerárquicos. Habitan cubiles herméticos en bloques parcelados. Fuera del cubil, si el vecino las saluda, no contestan, y si ellas saludan, el vecino no contesta.
2) Por los caminos de Madrid hay máquinas que circulan deprisa. De vez en cuando matan personas, pero no parece importarles.
3) Hay túneles subterráneos por los que circulan cajas donde se acumulan personas que no se conocen. Bajan la vista hacia objetos que llevan en las manos o miran de reojo. No sienten suficiente curiosidad como para preguntarle a la persona que tienen enfrente qué es eso que le preocupa tanto.