28 septiembre 2016

El factor humano (relato)

—¿Qué pretendes de este empleo?
—¿Cómo que qué pretendo de este empleo?
—Sí; qué aspiras a conseguir con este empleo.
—Trabajar lo menos posible y ganar lo más posible.
No debía haberme tomado dos copas antes de la entrevista de trabajo. Me di cuenta al cerrar la boca. Me iban a echar del despacho y Sandra volvería a recibirme en casa con garbanzos y labios herméticos. Pero el sujeto se rió con dos golpes de algo intermedio entre el hipo y la tos, y se echó hacia atrás en su poltrona.
—No, en serio: ¿Qué pretendes de este empleo?
¿Que qué pretendo de este empleo? Tú ¿eres gilipollas? Trabajar lo menos posible y ganar lo más posible… Pero no; esta vez dejé la lengua pegada a los dientes. El tipo me miraba como si yo fuera su amor de juventud. Le observé y acepté el juego y sus reglas estúpidas.
—¿Qué pretendo…? Pues… —Tuve que forzarme—: Realizarlo con eficacia y dinamismo. Aportar toda mi capacidad y mi experiencia para realizarme como persona.

27 septiembre 2016

Desahucio forzoso (microrrelato)

Fue su primer desahucio. Hace ya… no sé; muchos años. Fue muy traumático. Él no quería salir. Se negaba, se revolvía. La expulsión no le bastaba y se resistía, así que aquellos hombres enormes tuvieron que emplear cuchillas y palancas. Le agarraron, tiraron de su cabeza, le sacaron a la fuerza mientras él le daba patadas impotentes al aire.
Alrededor se arremolinaban unas muchachas curiosas, seguramente estudiantes. Él gritó, lloró, se agitó. Las salpicaduras de sangre llegaron al suelo. Finalmente le dieron un tajo y asunto concluido. Todo había acabado.
Pero era tan pequeño y tenía los pulmones tan débiles que tuvieron que meterle en la incubadora varias semanas, entre cientos de bebés tan agotados como él.

26 septiembre 2016

Freud en el Mar Rojo (microrrelato)

Agitando su enorme verga, aquel extranjero le ordenó que se abriera para satisfacer sus deseos.
Ella se recostaba dócil frente a él. Con un ronroneo suave al principio y un rugido vibrante después, separó su húmeda intimidad y dejó paso a ese poderoso vagabundo de barba poblada.
Él penetró en ella con todas sus fuerzas, hasta lo más profundo.
Cuando Moisés y sus tribus llegaron a la otra orilla, la mar se cerró, impenetrable para los soldados de Faraón, que perecieron ahogados.

25 septiembre 2016

Los nombres terribles (microrrelato)

Mi bisabuela se llamaba Soledad. Su marido y sus hijas la abandonaron. Poco a poco se fueron marchando también todos sus vecinos del pueblo. Soledad se quedó allí, en la casa vacía y oscura. Cuando acabaron sus días se la comieron unos gatos que ni siquiera eran suyos.
Mi abuela se llamaba Dolores. Un mal día empezó a sufrir jaquecas. Luego se presentó la ciática. Después de atiborrarse de analgésicos y calmantes que cada vez le hacían menos efecto, a Dolores tuvieron que ingresarla y murió en el hospital, retorciéndose entre las sábanas de su cama con unas cefaleas y unas neuralgias espantosas.

24 septiembre 2016

La muerte de Umberto Eco

Umberto Eco murió hace algo más de siete meses. La noticia me conmovió mucho en su momento. Leer sus novelas supuso para mí una experiencia muy placentera en una época difícil de mi vida.
Imagino que sus obras de ficción no gozan de una gran reputación entre los entendidos, aunque es verdad que tampoco se puede decir que tengan mala reputación. Supongo que entre ellos, los entendidos, hay una especie de silencio generalizado que deben de considerar piadoso; que corren un velo sutil de disimulo tras el que parecen disculparle al maestro sus incursiones novelísticas porque vienen avaladas por su antiguo prestigio filosófico, sus ensayos semióticos de primer orden y su sabiduría general inobjetable.

23 septiembre 2016

Mirad siempre en los bolsillos

Hace unos días me comentaban que en una narración puede haber dos tipos de personajes: aquéllos que hacen cosas y otros a los que les pasan cosas. Que son más interesantes o, de cualquier modo, más ricos en matices los primeros. Eso me lleva a distinguir en narrativa entre lo que le pasa al personaje y lo que el personaje es; entre lo existencial y lo esencial. Su alma, no su condición, es lo que mueve al personaje a actuar. A actuar de un modo o de otro. Su actuación no tiene por qué ser espectacular ni heroica; puede ser incluso una actuación negativa. No contestar a una pregunta de un maestro en un examen o de un policía en un interrogatorio, por ejemplo; no llamar a una ambulancia cuando ha sufrido una agresión física: eso también es actuar, y de un modo muy potente. La pregunta, la agresión, es lo que le pasa al personaje, algo externo a él, su circunstancia; no contestar o contestar, no pedir ayuda o pedirla es él, lo que él es, y de ahí surge su reacción. Guardar silencio cuando se supone que uno debe hablar es hacer, como no pedir ayuda cuando uno está en apuros. Naturalmente, si la actuación es positiva, también es más reconocible, pero la falta de reacción positiva, consciente o no, ante un estímulo convencional es igualmente una actuación llena de significado.

22 septiembre 2016

Alta literatura, baja literatura

Suele considerarse literatura por antonomasia a eso que se llama alta literatura. Los novelones, los bestsellers y demás serían producción para consumo popular. Baja literatura.
Estoy de acuerdo. Shakespeare, Kafka, Camus o Plath son grandísimos escritores que hablan de forma preferente sobre el sufrimiento humano. Pocas cosas son más grandes y están más extendidas, así que es perfectamente explicable que los grandes autores lo tomen como centro de su atención.
Pero sólo los que gozan de cierto respiro en su existencia pueden disfrutar plenamente de obras que muestran algo tan desagradable como el sufrimiento; sólo ellos pueden alabar que se haga arte con ese material tan amargo. Aquéllos a los que no les ahoga el dolor —aunque naturalmente les apriete como a todo el mundo— pueden valorar esas obras en su justa medida, pueden consagrarlas; ellos guardan la suficiente distancia respecto al dolor como para poder exaltarse con el sufrimiento pasado por el genio de la estética sin verse arrastrados por el vórtice de la desesperación.
Kafka, por ejemplo, pone el dedo en todas las llagas. Pero hay una gran cantidad de personas con el cuerpo lleno de llagas, con todas las llagas abiertas, personas que sufren de verdad, que saborean hasta la angustia el sufrimiento cada minuto. Que son pobres, que son infelices, y que no saben cómo dejar de ser pobres e infelices. Que no quieren que Kafka ni nadie les cuente lo que es sufrir. Lo saben perfectamente.

21 septiembre 2016

‘En el café de la juventud perdida’ de Patrick Modiano

Hace poco, una profesora de talleres literarios me recomendó la novela En el café de la juventud perdida del escritor francés Patrick Modiano. La presentó como una novela algo extraña, que en una primera lectura podía hacerse árida, parecer incompleta, pero que dejaba constancia del paso por el mundo de personas que normalmente resultarían indiferentes, nada heroicas ni ejemplares. Sombras. La profesora tenía razón, excepto en lo de que pudiera parecer árida. En el café de la juventud perdida me ha parecido una obra muy fecunda desde la primera línea. Es una novela breve, con varias voces narrativas y una multitud de personajes apenas esbozados, de los que vislumbramos un gesto, un perfil; a veces algo más, a veces una pauta de comportamiento o un estado de ánimo crónico, pero, aun los más desdibujados, los apenas mencionados, son personajes vivos. Eso es lo que hace que la novela sea fértil: que está llena de vida. Lo cual, como es sabido, no significa que esté llena de alegría ni de sentido. Más bien al contrario.
La obra gira en torno a Louki, una joven parisina que un buen día, por casualidad, entra en el café Le Condé y traba relación más o menos superficial con los asiduos del local. Pero ni siquiera de ella, que es la protagonista, conocemos más que algunos datos y algunos gestos. Exactamente como ocurre en la vida. De nuestros amigos, de nuestros conocidos, de nuestros familiares, apenas conocemos más que datos y gestos. Algunos. Desde luego no conocemos sus íntimas emociones y aún menos sus verdaderos móviles. Podemos intuirlos en el mejor de los casos, lo mismo que pasa En el café de la juventud perdida. Eso hace de la novela de Modiano una gran obra. Una novela policiaca, como todas; o una novela de amor, como todas; también intimista, también poética, qué sé yo. Etcétera. No importa. La historia no es lo realmente importante. Todas las historias se han contado ya. Se repiten una y otra vez en una novela tras otra de un autor tras otro. Dan el telón de fondo, sirven de vehículo, de excipiente para las emociones, que no son fruto de las situaciones sino de los personajes que las afrontan. Lo importante, lo que marca la diferencia en ésta y en cualquier otra novela, para bien o para mal, son los personajes. Si son de cartón piedra, serán personajes muy cerrados, muy coherentes y muy visibles. Si son de carne y hueso, si están vivos, serán únicos, reservados, huidizos. Los personajes de En el café de la juventud perdida están vivos.

20 septiembre 2016

Carmen Laforet y ‘Nada’

Hace dos semanas, el pasado 6 de septiembre, se cumplió el 95.º aniversario del nacimiento de Carmen Laforet (1921-2004). Su primera novela, Nada, publicada en 1944, bastaría para reservarle un lugar destacado entre los mejores escritores españoles del siglo XX. Con seguridad fue una de las mejores novelistas, mujeres u hombres, desde la posguerra. Tuvo un gran éxito, pero también se encontró con el inconveniente de que Nada se publicase dos años después de La familia de Pascual Duarte de Cela. Pascual Duarte es, sin duda, una obra muy estimable, pero tuvo la dudosa virtud de eclipsar la novela de Laforet. Nada es mucho más innovadora y tiene una calidad muy superior a la primera obra de Cela. Nada es a la vez desgarrada y contenida, algo —el desgarro y la contención— que muy pocos saben combinar con la maestría con que lo hizo su autora.
Placa en memoria de Carmen Laforet en la fachada de su casa natal en la calle
de Aribau 36, de Barcelona, 
donde se ambienta su novela Nada.
Claro está, Carmen Laforet era una mujer y, como tal, jugaba con una mano atada a la espalda en la España franquista. Cela en cambio, tras una carrera meteórica no exenta de talento pero tampoco de favores hechos y recibidos, se convirtió en el niño mimado del régimen en cuestión de letras. Y ese niño mimado, cada vez más y más crecido, tuvo gestos de menosprecio manifiesto hacia Laforet. Le cerró puertas o, como poco, se las obstruyó con su sobredimensionada envergadura.

19 septiembre 2016

Tesis sobre Alonso Quijada o Quesada

Hay una teoría que comparto, según la cual los escritores en sus novelas (por ceñirnos a la novela) no hablan de la vida, el amor o la muerte; no hablan de la justicia ni de la verdad; tampoco hablan de las aventuras de tal o cual aventurero intrépido ni de las peripecias de tal o cual desventurada en apuros. Los escritores, en sus novelas, siempre, siempre están hablando de sí mismos. Aunque su novela trate de marcianos que juegan al ping-pong, aunque trate de seres fantásticos, o de un tiempo remoto que el escritor no ha vivido, o de un país remoto que no ha visitado: el escritor habla de sí mismo. Verne no habla de Nemo, Flaubert no habla de Bovary, Salgari no habla de Sandokán. Verne, Flaubert, Salgari hablan de sí mismos.
También existe la teoría de que la literatura redime. También comparto esa teoría, con un matiz: en mi opinión la literatura redime al lector, desde luego, pero, sobre todo, redime al escritor.
Hago estas consideraciones para hincarle el diente a Don Quijote de La Mancha. El arranque de la novela de Cervantes es actual porque es verdad. Entiéndase: es verdad seguramente no en lo contingente, pero sí en lo inmanente, o si se prefiere, en lo que tiene de inmanente el hastío y la soledad que conducen a la locura. Alonso Quijada o Quesada debía de aburrirse tanto, tantísimo de un ama gruñona, una sobrina pacata, un cura sabelotodo, un barbero desmayado y un bachiller listillo, debía de estar tan harto de la caza de gamusinos por las tierras manchegas áridas y cerriles, de sus paisanos siempre iguales a sí mismos o peores que sí mismos, que no se le ocurrió mejor cosa que darse a la lectura de novelas de caballerías, en las que halló lo que no podía encontrar entre las fuerzas vivas que le enclaustraban y le tenían rodeado. Halló vida y pulso. Motivos para vivir y exaltarse. Motivos para no morir. Se montó en un jamelgo digno de poca confianza y salió de su encierro a respirar su propio aire a costa de la opinión ajena. Sólo cuando recobra el seso al final de la novela reencuentra motivos para morir. Y muere.

18 septiembre 2016

‘En busca de nada’, mi segunda novela

Años sesenta del siglo pasado. Un barrio bajo en las afueras de Madrid. Chabolas, descampados, droga, delincuencia, miseria material y moral. Javier ha nacido en ese entorno al comenzar la década. Es hijo de un obrero pero vive en la séptima planta de un rascacielos, lo que, dentro del ambiente deprimido del barrio, supone un pequeño peldaño que lo eleva sobre las calles encharcadas que puede contemplar desde su terraza. Se hace novio de Joaquina, una chica que vive en una casa baja. Joaquina tiene un carácter decidido y equilibrado, y Javier se enamora de ella. Pero la relación encalla cuando, durante una breve ruptura con Javier, Joaquina se queda embarazada a causa de una violación. Su familia se la lleva a Barcelona, y Javier se queda abatido.
La vida sigue, y Javier trata de buscar consuelo en Charo, la novia de Rafa, su mejor amigo, heroinómano y sumamente bondadoso. Ese triángulo tiene consecuencias irremediables. En los años sucesivos, Javier pasa por una serie de relaciones amorosas, consecutivas o simultáneas. Pero en todas ellas lo que en realidad está buscando es a Joaquina, su paraíso perdido. En la edad adulta, Javier logra salir del barrio y prospera hasta una posición de clase media, pero lleva el barrio metido en las venas. A lo largo de la novela aparecen personajes violentos: violencia política, violencia callejera y, sobre todo, la violencia sorda y ciega que no escapa del interior de las casas, que queda reservada a la intimidad familiar.

17 septiembre 2016

‘Piedras en las papeleras’, mi primera novela

Madrid, finales de 1979. Silvia, de 16 años, deja el colegio privado en el que lleva estudiando desde niña y entra en un instituto público del extrarradio. Su madre ha caído enferma y ha tenido que ser ingresada en una clínica privada durante un largo período de tiempo. Los gastos médicos dejan a la familia con los recursos económicos muy mermados, lo que impone el cambio de centro de estudios para Silvia y su hermana, Mabel. Ambas se harán cargo de atender el hogar y cuidar de su padre, un empleado de banca que pasa casi todo el día trabajando horas extras para poder pagar las facturas hospitalarias y casi todas las noches durmiendo en la habitación de la clínica junto a su mujer. Silvia se encuentra con un margen de libertad inesperado.
En noviembre de ese año, 1979, estalla una lucha estudiantil que durará casi tres meses. Silvia se ve involucrada en esos hechos a través de Víctor, compañero de clase y uno de los activistas de la lucha, con el que se empareja. El 6 de diciembre se convoca una manifestación estudiantil en Cibeles que el gobierno civil desautoriza. Después de mucho titubear, Silvia acude junto a Víctor a esa manifestación. Se produce una carga policial. Silvia corre, resbala, cae al suelo y es golpeada y detenida. La Policía la traslada con otros detenidos a una comisaría céntrica en un coche zeta. Lo ocurrido entre las oscuras paredes del despacho del comisario, al que acompañan otros dos policías de paisano, cambiará toda la vida de la joven Silvia.

16 septiembre 2016

Por qué ‘Litera dura’

Litera dura. Literatura. Hay quien dice que los juegos de palabras demuestran falta de imaginación. Es posible. De todos modos, jugar con las palabras me parece lo mejor que se puede hacer con ellas. En todo caso, es lo mejor que un escritor puede hacer con ellas. No creo que haya que tenerles demasiado respeto, ni mucho menos miedo; el famoso miedo al folio en blanco, que en realidad no es el miedo al folio, sino el miedo o el respeto reverencial a las palabras que nos tiranizan y nos exigen precisión, exactitud, y que así nos dominan. El juego ayuda a perderles totalmente el miedo y la parte sobrante de respeto a esas pequeñas partículas pretenciosas, sonidos de la garganta o trazos en un papel, que aspiran a ser independientes, mágicas, inaprensibles. Herencia sacrosanta de la tradición. El juego nos permite agarrarlas, estirarlas, contraerlas, destruirlas, como a juguetes con los que nos podemos divertir o de los que nos podemos aburrir. Más vale dejar de respetar tanto a las palabras y empezar a respetar a los seres humanos.
Fotografía de Sara Von Hammersmark.
Litera dura. Literatura. El juego de palabras no es gratuito. La escritura suele surgir de la incomodidad. De aquellos que apenas encuentran reposo en la dura y oxidada litera de una celda, sea una celda real o la celda metafórica del entorno, de la vida escasa y poco vivible. Quienes duermen en colchones mullidos, entre cojines y sábanas limpias, bien arropados, y despiertan al día siguiente cuando entran los primeros rayos de sol a través de su amplia ventana adornada por visillos, en general no van a perder el tiempo escribiendo. Si lo hacen, lo harán como un divertimento más o menos frívolo. Parirán cosas entretenidas en el mejor de los casos, como el que juega al parchís sin apostar nada. Escribirán sin necesidad. La buena literatura surge de la necesidad; de la necesidad de aliviar el dolor de huesos que nos provoca apoyar la cabeza y la espalda cada noche entre las aristas y los tornillos carcomidos de una sucia litera metálica en una habitación lóbrega entre lamentos y gritos. La escritura que conmueve, la que expone la naturaleza humana, surge de la incomodidad. Estamos incómodos con la realidad, así que la denunciamos y la burlamos con la literatura.