16 agosto 2017

Caza de brujas (relato)

Durante las cazas de brujas de la Baja Edad Media, en las últimas contracciones del violento parto de la modernidad, nadie podía decir con certeza si el tiempo avanzaba o retrocedía. El espacio era igualmente engañoso. Normalmente nadie salía de su aldea más que una o dos veces en toda su vida, y casi nunca iba más allá de la aldea vecina. En esa esquina de Europa partida a cuchillo en tres pedazos por la cordillera de los Alpes, entre lo que hoy llamaríamos Francia, Italia y Alemania, las fronteras eran confusas y elásticas como tuétanos de res recién sacrificada. Valía más no tomarle demasiado afecto a un soberano, porque muy bien podía ocurrir que otro soberano viniera a pedirle cuentas a uno por sus lealtades pasadas. La sombra del Sacro Imperio era negra pero lejana como la de un nubarrón preñado de electricidad que no se decide a descargar. Reinos, ducados, cantones, condados y ciudades libres se disputaban esas tierras gélidas con la espada y la sangre de sus súbditos. Saboya, Borgoña, Provenza, Lombardía, Franconia, arañaban con sus garras esos pantanos infértiles donde nunca podía jurarse cuándo se acercaba la noche y cuándo se marchaba el día; la luz y la oscuridad se abrazaban sin sueño y sin pasión bajo una sábana gris y deshilachada de niebla perpetua. Ese país no valía nada por sí solo, no era más que un lugar de paso en el camino a Santiago, Roma, Constantinopla o Jerusalén. Dios Nuestro Señor había señalado esa tierra como un estrecho pasillo en el trayecto que va de la cocina al salón de su Creación, y todos querían controlar ese pasillo. Pero, una vez controlado, todos pasaban de largo. Nadie construye su morada en un desfiladero, así que los conquistadores dejaban algunas antorchas tras de sí para iluminar al peregrino y purificar al lugareño, y luego seguían adelante con su conquista.

28 julio 2017

Pregunta trampa: ¿Para qué sirve la literatura?

No hace mucho, después de la última sesión de un taller de escritura, surgió en el bar donde profesora y alumnos tomábamos unos botellines el tema de la utilidad de la literatura. Para ser precisos, el tema de para qué sirve la literatura. No profundizamos mucho, sólo pusimos sobre la mesa dos puntos de vista encontrados: alguien defendió que la literatura sirve para algo (elevar el espíritu, entretener, consolar, desahogar al personal, arrancar una sonrisa, qué sé yo) y alguien sostenía que la literatura no sirve para nada. Me tocó a mí en suerte defender esta última tesis. Claro que al decir que la literatura no sirve para nada mi intención no era denigrarla, sino, muy al contrario, hacerle un enorme cumplido. Suele olvidarse que cuando se habla de “la utilidad de la literatura” se están manejando al menos dos conceptos: el de literatura, desde luego, pero también el de utilidad. El culto a la utilidad, omnipresente, obligatorio, incuestionable, sobrevolaba el techo del bar aquella soleada tarde de junio con la misma autoridad con que el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas en el principio de los tiempos.

28 junio 2017

Jean Jacques Rousseau, escritor

El 28 de junio de 1712, hace 305 años, nació en Ginebra Jean Jacques Rousseau. Murió sesenta y seis años después en Francia, donde había hecho casi toda su carrera como publicista. Su figura como filósofo, pedagogo y teórico del pensamiento político está lo bastante reputada como para que sea necesario entrar en muchos detalles. La dimensión literaria de Rousseau, en cambio, aunque reconocida, no ha sido suficientemente valorada. Sí la influencia de su creación, que anticipó el Romanticismo, pero no tanto la calidad de su prosa por sí sola, al margen de toda otra consideración.
Es verdad que Rousseau cultivó sobre todo el ensayo, pero fue un tipo de ensayo en general muy sui generis, con un estilo que echa mano de los recursos de la literatura creativa, incluso de la ficción cuando quiere ejemplificar; y, sobre todo en la última parte de su vida, se convirtió en un escritor confesional. La literatura confesional no era novedosa, desde luego, pero la cruda sinceridad y la falta de clemencia con las propias miserias de que Rousseau hizo alarde sí fue toda una novedad, y después de sus Confesiones o de sus Ensoñaciones apenas si se ha visto algo semejante en otros autores.

26 junio 2017

Max Stirner: ‘El Único’

El 26 de junio de 1856, hace ciento sesenta y un años, murió Max Stirner. Había nacido cincuenta años antes en Baviera. Sólo escribió un libro, El Único y su propiedad, publicado en 1844 en Leipzig, al que los censores dejaron entrar en imprenta porque consideraron la obra «demasiado absurda como para ser peligrosa». El Único es uno de los fundamentos del anarquismo individualista y, más allá, anticipa el pensamiento de Nietzsche. Albert Camus, que también debe mucho de su filosofía del absurdo a El Único, dijo que «Stirner se ríe en su callejón sin salida, mientras que Nietzsche se da de cabezazos contra las paredes». Efectivamente, Stirner proclama alegremente que ha basado su causa en Nada, que no considera que nada esté por encima de él, que no reconoce ninguna ley ni principio ajeno a sí: proclama su Egoísmo y rechaza todas las ideas eternas, religiosas o laicas, filosóficas o políticas. Se declara enemigo público número uno de lo que considera la condensación de todas las abstracciones emancipadas de los cerebros humanos: el Estado.